La coherencia no pasa de moda
Hay virtudes que no hacen ruido.
No venden.
No se aplauden.
No generan likes ni portadas.
Pero sostienen el mundo.
La coherencia es una de ellas.
Vivir como se piensa.
Decir lo que se cree.
Hacer lo que se dice.
No por orgullo,
sino por respeto a uno mismo.
En tiempos donde todo parece moverse,
donde la palabra cambia según el interés,
y el discurso se adapta como un traje de feria,
la coherencia es un acto de dignidad.
Es decir:
“Esto soy. Y esto sostengo”.
Aunque no convenga.
Aunque incomode.
Aunque duela.
No es rigidez.
La coherencia no impide cambiar.
Pero sí exige verdad.
Cambiar, sí…
pero porque creés en ese cambio,
no porque te conviene quedar bien.
La gente coherente no siempre brilla.
Pero alumbra.
No siempre gana.
Pero deja huella.
No siempre habla mucho.
Pero cuando lo hace, se escucha distinto.
Y eso se nota.
En los ojos que no bajan.
En las manos que no tiemblan.
En la calma que queda después de estar con ellos.
No hacen alarde.
No predican con pancartas.
Pero viven como rezan,
trabajan como aman,
militan con el cuerpo lo que su corazón defiende.
Y si alguna vez te sentís tentado a traicionarte un poco -solo un poco-
para encajar, para avanzar, para no quedar solo…
acordate:
la coherencia no pasa de moda.
Y cuando todo se cae,
es lo único que queda de pie.
————
El día que volví a mi nombre
Hay etapas en la vida en que uno se aleja de su nombre.
No por olvido,
sino por miedo.
Porque dolió.
Porque fue juzgado.
Porque no cabía en ciertos lugares.
Y entonces, sin darnos cuenta,
nos convertimos en versión.
Versión para gustar.
Versión para encajar.
Versión para no perder.
Pero el nombre…
el verdadero…
ese que nos nombra desde adentro,
nunca se va.
Late.
Resiste.
Nos llama en los sueños, en la tristeza, en la soledad.
Y un día -no siempre glorioso, no siempre claro-
decidimos volver.
Volver al nombre completo.
Sin diminutivos.
Sin maquillaje.
Sin pedir perdón por lo que somos.
Ese día no hace falta proclamar nada.
Solo se nota.
En la manera de caminar.
En el tono de la voz.
En los vínculos que elegimos y los que dejamos ir.
Porque volver al propio nombre es volver al alma.
Y eso, cuando sucede,
marca un antes y un después.
Ya no vivís para complacer.
Ya no esperás permiso.
Ya no te mentís diciendo que “no es para tanto”.
Volvés.
Y al volver, te encontrás.
No importa la edad,
el pasado,
las caídas.
Siempre es buen momento para decir:
“Este soy yo. Así me llamo. Así me siento vivo.”
Y el que no entienda,
está bien.
Porque cuando volvés a tu nombre,
no necesitás convencer a nadie.
Solo ser.
Y eso, al final,
es el mayor acto de amor propio que podés ofrecerle al mundo.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











