¿Cómo se definen las pertenencias? ¿Son coherentes con el lugar que tenemos en la realidad?
Cuando éramos jóvenes leímos que el imperialismo era la etapa superior del capitalismo; pero hay también otras miradas posibles. Si revisamos la historia de los imperios, los muchos que hubo, son muy anteriores a la aparición del capitalismo; desde los Sumerios, pasando por todos los imperios antiguos conocidos en medio oriente; Acadios, Asirios, Caldeos, Babilonios, Hititas, Hicsos, Partos, Egipcios, Persas, etc, hasta llegar a Griegos y Romanos. Los únicos que tuvieron una categoría distintiva fueron los griegos; no fueron imperio sino que la Magna Grecia generó el imperio helenístico desde lo cultural y no desde lo político, solo se hizo político y militar con Alejandro Magno y, paradójicamente, luego de su muerte comenzó la declinación. Antes de Alejandro, desde lo económico tenían ciudades-estado con las que comerciaban, y estas ciudades-estado ante situaciones emergentes operaban como una liga aliada para la guerra.
Cuando hablábamos de la desigualdad de los humanos, a la que Rousseau le asignaba como causa la aparición de la propiedad privada, nosotros mencionamos que los violentos se habían apropiado, luego de la aparición del sedentarismo, de los excedentes de producción. Ahora bien: ¿se habían apropiado de los excedentes de producción propios, de su propia comunidad, o de otras comunidades? Aparentemente, por las evidencias analizadas por la antropología social, los humanos tenemos más tendencia a la cooperación que a la guerra, la cooperación es lo cotidiano en cualquier comunidad; pero esa manifestación de pertenencia no corre para con otras comunidades, tan simple como un Boca-River. Debemos considerar que algo similar ocurrió con los imperios americanos anteriores a la conquista española, refiriéndonos a Mayas, Incas o Aztecas. Cuando una comunidad invadía a otra no sólo se apropiaba de sus excedentes de producción sino que también esclavizaba a sus integrantes para que siguieran produciendo para ellos, y si bien la clase dominante constituida a partir de quienes lideraban esta comunidad invasora tenía para sí la mayor riqueza de lo rapiñado a los atacados, repartía entre sus dirigidos parte del botín, siempre una parte menor; por lo tanto la teoría del derrame no es ninguna novedad neoliberal, es tan antigua como la invasión de una comunidad a otra constituyéndose los líderes de la agresora en clase dominante. Es posible deducir entonces que los estados de bienestar generados para una comunidad invasora eran hijos de la violencia y del pillaje, del saqueo y del homicidio, dándose entonces que la masa del pueblo invasor que dependía de un liderazgo constituido en clase dominante, y que se llevaba siempre la parte del león, esa masa dependiente, toleraba y se conformaba, identificándose como perteneciente a los invasores y no como perteneciente a los dominados. Quizá desde tan antiguo se puede rastrear el origen de las capas medias.
¿Entonces, cómo se originó la propiedad? ¿Será lo mismo propiedad que apropiación? Porque tal vez podríamos considerar como propio aquello que construimos, lo que tiene nuestro trabajo, lo que demuestra nuestra capacidad de transformar la realidad; pero apoderarse de algo que construyó otro o que simplemente está allí, como la tierra, es simple apropiación, no así el fruto que sembramos y cuidamos. Distintos autores a lo largo de la historia se han preguntado por el origen de la propiedad, rápidamente surgen los recuerdos del “Discurso sobre la desigualdad de los hombres” de Juan Jacobo Rousseau, “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” de Federico Engels, e inclusive de “El estado y la revolución” de Vladimir Ilʹich Lenin; mas de manera especulativa cabe pensar ¿cuál fue el mecanismo? ¿Cuál fue el modo por el que esta propiedad se originó? Y aquí se hace imposible ignorar a Hobbes y a Locke, tanto por el “hombre como lobo del hombre” como por el “Leviatán” como limitador, el estado como freno a la lucha permanente, como ordenador social. Y también por la aparición de derechos y su legitimación a través del Estado, en donde por supuesto el principal derecho ha sido el derecho a la propiedad privada, inclusive por encima del derecho a la vida.
Es impensable que dentro de un grupo de nómades cazadores recolectores hubiera un subgrupo que se apropiara de lo que era del conjunto, es más lógico pensar en una comunidad que habiendo establecido fuertes lazos de pertenencia a partir de la necesaria cooperación y el otorgamiento del primer derecho, que solo puede dar una comunidad, que es el derecho a la vida, cobije y proteja a cada uno de sus integrantes compartiendo el alimento y defendiéndolos. La comunidad que colaboraba en la consecución del alimento por recolección o cacería, y también en la construcción de herramientas y el ejercicio de las tecnologías que habían logrado. Es impensable dijimos, considerar la apropiación intracomunitaria, es más lógico pensar en otra comunidad diferente, en otro clan, en otra tribu que fuera atacada. Allí no hay pertenencia, la tribu A ataca a la tribu B para apropiarse de su producción, sea esta alimentos, armas, utensilios o lo que consideren valioso. Inclusive la posibilidad de esclavizar a su servicio a los sujetos de la tribu derrotada. Si bien esto se puede haber dado ya en épocas de cazadores recolectores, es más probable que se haya dado con más intensidad a partir de que fue descubierta la agricultura, y con su desarrollo las cosechas representaron excedentes de producción que garantizaban alimento por largo tiempo. Quizá la existencia del alimento para pasar un invierno determinó el momento en que una tribu atacó a otra y se apropió de su producción. Tal vez la aparición formal de la “propiedad privada” se desarrolló a partir de la práctica de invadir a otro y robarle, y esta apropiación generó, como consecuencia, no sólo la desigualdad sino la esclavitud del vencido y el germen del Estado; ya que el apropiador erigido en clase dominante inventó una garantía de legitimidad de su conducta, y de su naciente propiedad privada ante la posibilidad que hubiera otros que la codiciaran. Un Estado que no solo legitimara su condición de dueño del poder, sino que también inventó el concepto de ley, la ley como límite establecido por los dominantes para cualquier pretensión de los dominados o de algún grupo externo. El respeto de esta supuesta legitimidad y sus leyes establecidas debió ser garantizado, desde lo objetivo, a través de la capacidad de violencia ejercida por una fuerza armada del poder dominante, y desde lo subjetivo, a través de la imposición y manipulación de creencias, del pensamiento mágico, del temor a lo desconocido y sobrenatural, que respaldara el discurso del poder establecido por la violencia. Un discurso que supuestamente defiende a toda la nueva comunidad establecida entre dominadores y dominados. Este esquema se ha prolongado a través del tiempo y simplemente se ha sofisticado ocultando la brutalidad del latrocinio detrás de múltiples y falaces argumentos; la supuesta superioridad cultural, los supuestos imperativos morales, y por supuesto, la real superioridad tecnológica y militar que lo permite y está motivado por la avidez rapiñera de siempre.
Aquí surge algo muy importante a analizar, porque lo que prolongó a través del tiempo el esquema de dominio del hombre por el hombre, “el Hombre como Lobo del hombre”, pero organizado, y el “Leviatán”, también genera confusas pertenencias; hay una clase dominante y una clase dominada, sin embargo dentro del pueblo teóricamente dominador existe también una clase dominante y una dominada, donde los dominados tienen mucho más que ver desde su lugar de dominados con el otro pueblo dominado, pero en lugar de tener sentido de pertenencia con su real identidad de clase eligen pertenecer y rendir fidelidad y lealtad a los líderes de su comunidad primaria que los domina; soy leal a mi rey, aunque yo me muera de hambre, acepto vivir de las migajas que mi rey me tire y que previamente le haya robado al otro pueblo. A lo largo de la historia esto se ha repetido como esquema básico de convivencia, si es que se le puede llamar ‘de convivencia’, desde las viejas monarquías imperiales, pasando por el feudalismo hasta el absolutismo monárquico. Hay un punto de inflexión para el análisis ante la aparición del capitalismo. El capitalismo no nace de las clases dominantes nace de subclases subalternas dominadas como consecuencia de cambios en el modo de producción; estas, con una dinámica intelectual creciente y un manejo intenso del deseo se van haciendo más poderosas económicamente merced a su trabajo comercial y productivo artesanal, proto industrial e industrial, que coexiste, en conflicto, con una aristocracia decadente e improductiva. La consecuencia es cuestionar el mantenimiento de una clase dominante parasitaria como la nobleza y la aristocracia que en la práctica usufructúan de su riqueza, la riqueza producida por sus trabajadores y administrada y dirigida por estos propietarios comerciales o proto industriales, la naciente burguesía. Es esta clase la más dinámica de la historia, la que ha sido capaz de dar vuelta la historia. Lo curioso es que si alguna vez dijimos que el imperialismo era la fase superior del capitalismo ocurre que al analizar la historia, los imperios como forma de dominio y administración de las comunidades humanas son anteriores al capitalismo; pero el capitalismo compite por el poder con el totalitarismo monárquico y lo destrona aspirando por supuesto a ser luego el dueño de un poder imperial inaugurado por los británicos y continuado por los EE. UU. como consecuencia de las guerras mundiales del siglo XX. En la actualidad este capitalismo, en la etapa de mayor acumulación hasta el momento, está empeñado en enseñorearse inclusive por encima de los Estados, eludiendo de jure o de facto el control social de las democracias para instalar de pleno el totalitarismo corporativo.

Columnista invitado
Daniel Pina
Militante. Ex-preso político. Médico especialista en Terapia Intensiva. Jefe de Terapia Intensiva del Hospital Milstein. Psicoterapeuta dedicado al tratamiento de Trastornos post- traumáticos.











