Cuando, a sus 46 años, la escritora, poeta y ensayista canadiense Margaret Atwood -licenciada en Filología Inglesa por la University of Toronto, con estudios de posgrado en Harvard- publicó en el año 1985 su novela The Handmaid’s Tale los mundos distópicos de ficción, tanto en lo literario como en lo fílmico, estaban en auge.
Desde aquel 1984 de Orwell hasta las visiones apocalípticas de Blade Runner o Brazil, la ficción especulativa se había convertido en un espejo oscuro de las tensiones políticas del siglo XX, y su proyección futura en el imaginario sociocultural, más de una vez, había sido superada por la realidad histórica del momento.
La autora, también formada en filosofía, había escrito gran parte de este libro en Berlín Occidental, rodeada por el muro y la sombra del bloque soviético, mientras observaba cómo el conservadurismo avanzaba en Occidente. Con Reagan en Estados Unidos, Thatcher en Reino Unido, o Ceaușescu en Rumania, el mundo parecía oscilar entre el neoliberalismo y el autoritarismo.

En ese clima, “El Cuento de la Criada” surgió como una advertencia: una distopía que no necesitaba de profecías, sino solo de memoria, para recordar que el pasado estuvo presente en cada uno de los acontecimientos que estremecieron al mundo en los años posteriores a la derrota del nazismo. El régimen había caído, pero muchas de sus ideas totalitarias seguían presentes en la mentalidad de varios de sus vencedores.
Cuan grito de advertencia ante la ceguera mesiánica de algunos gobernantes del mundo, la obra que escribía Atwood -su sexta novela- se alzaba como una parábola feroz sobre el poder, el cuerpo y la memoria. No debía ser solamente la representación ficticia clásica de una sociedad futura viciada por las acciones dictatoriales u objetables de sus líderes, causantes de la alienación humana, sino una reconfiguración de horrores ya vividos: la esclavitud, el totalitarismo, el patriarcado institucionalizado y el sometimiento de la mujer, sumados a la hipocresía cínica de quienes detentaban el poder, y el manejo de masas -sutil o explícito- que se vislumbraba desde los medios de comunicación contemporáneos.
Por entonces, la autora era miembro de Amnistía Internacional y participaba en organizaciones defensoras de los derechos humanos y del medio ambiente. Su obra, atravesada por una mirada feminista y política, comenzaba a adquirir una dimensión global.
La novela terminada fue publicada en 1985 en Canadá y Estados Unidos, y tuvo una recepción inmediata que osciló entre el elogio y la incomodidad. Fue finalista del Booker Prize y ganó el Governor General’s Award for Fiction en el mismo año de su publicación, consolidándose Atwood como una voz literaria de alcance internacional. La crítica literaria reconoció su potencia simbólica y su estilo sobrio, casi clínico, como un recurso narrativo que intensificaba el horror. Algunos sectores conservadores la tildaron de exagerada o provocadora, mientras que el feminismo académico la abrazó como una obra clave para pensar el cuerpo, el poder y la memoria en clave política.
Esta historia narra la vida en Gilead, una teocracia totalitaria que emerge sobre las ruinas de Estados Unidos tras un golpe de Estado. La infertilidad fue el pretexto perfecto para que un grupo extremista religioso tomara el poder, tras una guerra civil, bajo la bandera de “restaurar la fertilidad y los valores divinos”. Los rebeldes triunfantes en esta guerra fueron liderados por un grupo llamado Los Hijos de Jacob, que asesinó al presidente, terminó con el Congreso y la Corte Suprema. Luego suspendieron la Constitución, congelaron cuentas bancarias y despojaron a las mujeres de sus derechos. Dominando por la fuerza gran parte del territorio del antiguo país, lo convirtieron en la República de Gilead. Su régimen, basado en una interpretación extrema de los textos bíblicos, redujo a las mujeres fértiles a esclavas reproductivas, eliminó los derechos civiles y ritualizó el sometimiento total al sistema, bajo pena de muerte, en nombre de la libertad, la paz y el amor.
Así, Gilead se conformó como una maquinaria teocrática convirtiendo la religión en instrumento de control, y organizando a sus habitantes en un sistema de castas rígido, funcional y profundamente hipócrita.
Una sociedad dividida por género, fertilidad y utilidad al régimen, donde cada grupo social tiene un uniforme y un rol específico. Los Comandantes son hombres de élite, líderes políticos y religiosos, amos y señores de la vida y la muerte de todos los demás en defensa de su credo. Las Esposas, mujeres de clase alta vestidas de azul, han quedado irremediablemente estériles. Las mujeres fértiles fueron declaradas “recurso nacional”, puestas prisioneras y reeducadas bajo tortura. Reconvertidas en Criadas, fueron vestidas de rojo y asignadas para procrear, siendo propiedad transitoria de los Comandantes, violadas ritualmente en “Ceremonias” para engendrar sus hijos.
El resto de los habitantes de Gilead se dividió en Marthas (sirvientas mayores o infértiles de las familias, vestidas de verde); Tías (fanáticas del régimen, ultra crueles encargadas del adoctrinamiento de las Criadas, vestidas de marrón); Econohombres y sus esposas (quienes visten de gris y representan a la clase baja sin ningún tipo de privilegio al servicio de la producción a destajo); y las No Mujeres (exiliadas, estériles, lesbianas, feministas y disidentes, desterradas a las Colonias, donde limpian residuos tóxicos).
Al ser publicada la obra generó una reacción inmediata y polarizada. La crítica literaria elogió su estilo sobrio y su potencia simbólica, destacando la capacidad de Atwood para construir una distopía inquietante sin recurrir a lo fantástico, sino apelando a la memoria histórica. Mientras sectores conservadores la tildaban de exagerada o provocadora, el feminismo académico la abrazó como una obra clave para pensar el cuerpo, el poder y la memoria en clave política. Su influencia trascendió el ámbito literario: se convirtió en un referente cultural para los movimientos feministas, los debates sobre derechos reproductivos y las críticas al autoritarismo disfrazado de moral religiosa. La novela no solo advertía sobre el futuro, sino que revelaba los mecanismos del presente.
Más de tres décadas después de su publicación, The Handmaid’s Tale volvió a cobrar vida convirtiéndose en una serie producida por Hulu y estrenada en 2017. No solo se adaptó la novela de Margaret Atwood, sino se la recontextualizó en un momento de creciente polarización política en Estados Unidos ante el ascenso al poder de Donald Trump. Con fanáticos discursos conservadores y chauvinistas, el cuestionamiento de los derechos humanos, el endurecimiento de políticas migratorias, la intervención armada donde al poder se le ocurriera, la distopía de la obra dejó de parecer una advertencia lejana para convertirse en el incómodo espejo de un presente dictatorial y fascista en gran parte del mundo, y su aceptación por parte de un gran número de votantes y simpatizantes que los eligen.
Bruce Miller, creador de la serie, evitó señalar directamente a dirigentes contemporáneos, pero reconoció que muchas escenas coincidían inquietantemente con hechos reales. La historia de Gilead, con su maquinaria teocrática y su violencia ritualizada, se volvió símbolo de resistencia. Los trajes rojos de las Criadas comenzaron a aparecer en protestas por los derechos de las mujeres en todo el mundo, y la serie se convirtió en un artefacto político: una narrativa que no solo incomoda, sino que moviliza.
Más que una adaptación, la serie fue una relectura. Una forma de decir que lo que Atwood había imaginado como advertencia en 1985 parecía, en parte, estar ocurriendo. Y que la ficción, cuando se vuelve demasiado real, deja de ser literatura para convertirse en memoria activa.
Cuando la distopía deja de ser metáfora.
La relectura televisiva de The Handmaid’s Tale no solo actualizó los miedos de la novela original; los amplificó en un contexto donde lo simbólico y lo político se entrelazan con una precisión escalofriante.
En Gilead, el régimen de los Hijos de Jacob se impone con una lógica teocrática, mesiánica y persecutoria. La palabra del líder es ley, y cualquier disidencia se convierte en traición. La serie, al mostrar cómo se naturaliza la violencia institucional, la censura y el castigo ritualizado, parece haber anticipado ciertos gestos que hoy se observan en democracias que se deslizan hacia el autoritarismo.
En Argentina, el gobierno de Javier Milei ha desplegado una narrativa que, para muchos, recuerda esa deriva. Su discurso mesiánico, su apelación constante a la “verdad revelada” del mercado, y su promesa de “destruir a la casta” no se limitan a lo retórico: se traducen en decretos que desmantelan organismos, recortan derechos y persiguen opositores con una lógica de purga institucional. La eliminación de programas sociales para jóvenes y adultos, el retiro del país de organismos internacionales como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, y la censura judicial a periodistas que investigan a su entorno, configuran un paisaje donde la disidencia se vuelve sospechosa, y el poder se ejerce como dogma.
La sintonía con líderes como Donald Trump y Benjamin Netanyahu no es solo diplomática, también es ideológica. Milei ha replicado gestos simbólicos como el retiro de agencias de la ONU, la defensa irrestricta de Israel en foros internacionales, y la adopción de una retórica de guerra cultural que divide al país entre “libres” y “enemigos del pueblo”. En este marco, la política deja de ser negociación para convertirse en cruzada. Y el Estado, lejos de garantizar derechos, se transforma en instrumento de castigo.
Como en Gilead, el poder se justifica en nombre de una verdad superior. En la serie, esa verdad es religiosa; en el gobierno de Milei, es económica. Pero en ambos casos, la lógica es la misma: quien se opone, debe ser silenciado. Quien duda, debe ser corregido. Y quien resiste, debe ser destruido.
El presidente argentino ha convertido la confrontación en identidad política. En actos públicos y redes sociales, ha calificado a legisladores como “ratas” y “ensobrados”, ha acusado a periodistas de formar parte de una “casta periodística” y ha celebrado insultos contra ellos. En entrevistas, ha dicho que “los vamos a exterminar” en referencia a sus adversarios políticos, y ha tildado de “traidores” a quienes no acompañan sus reformas. Estas expresiones no son aisladas, ya que forman parte de una estrategia sistemática de polarización y disciplinamiento a quienes piensen distinto.
Un estudio de la consultora AD HOC (Lucas Raffo, politólogo y Javier Correa, Director) identificó a Milei como el usuario no troll que más insultos publicó en redes sociales entre 2023 y 2025, con 1.589 agravios registrados. El informe señala que el presidente encarna el perfil de “provocador institucional”, legitimando el discurso de odio que luego es amplificado por trolls, voceros, agitadores, creadores de fake news y medios afines. Esta dinámica ha generado un ecosistema digital donde la agresión se normaliza, la crítica se penaliza y la conversación democrática se erosiona.
La persecución no se limita al plano simbólico. Periodistas, artistas y figuras públicas que expresan disidencia son blanco de campañas de hostigamiento digital, escraches y operaciones de desprestigio. La lógica es clara: se debe instalar el miedo como forma de control, y el agravio como método de gobierno.

En la Argentina Libertaria, al igual que en el distópico mundo de The Handmaid’s Tale el enemigo no es quien atenta contra el orden, sino el que se atreve a pensar fuera de lo impuesto, el que lee, el que piensa, el que defiende sus derechos inalienables, aunque enfrente un demente histérico transmutado en Presidente guiado místicamente por un mastín muerto le grite hipócritamente: ¡VIVA LA LIBERTAD, CARAJO!
Una vez más, la realidad ha superado a la ficción.
La historia vuelve a repetirse, inmutable, inevitable, impertérrita.





Columnista invitado
Juan Rozz
Historietista, guionista, cuentista, escritor. Columnista en Revista TUHUMOR, edición digital, colaborador en NAC & POP Red Nacional y Popular de Noticias. Autor del libro “Historias de Desaparecidos y Aparecidos”, Acercándonos Ediciones. Creador de “El Caburé Peña de Historietistas” y “El Caburé – Cooperativa Editorial”. Creador, productor radial y columnista de “Gorilas en La Plaza” – EfeEmeUnydos. Colaborador en “Rebrote de la Historieta Argentina”. Colaborador en “Web Guerrillero” – Periódico Digital Internacional. Colaborador en “Museo de la Palabra” – Fundación César Egidio Serrano.











