La casa del alma no tiene llaves.
No las necesita.
Sus puertas son de viento y sus muros, de silencio tejido a la luz de los días que realmente importaron.
Es una casa abierta como el pan caliente que se parte en la mesa del pobre; generosa, sin un sólo rincón avaro.
En su umbral se mezclan, sin apuro, las pisadas de los que se fueron con el aliento inquieto de los que aún no llegan.
Todos caben. Los vivos con sus heridas abiertas y los muertos con su amor intacto.
En sus paredes no cuelgan cuadros comprados.
Cuelgan, en cambio, los recuerdos que eligieron quedarse: las sonrisas de mis hijos en las mañanas de sus primeros pasos, el nudo en la garganta del adiós en el aeropuerto, la canción que sonaba cuando supimos que éramos invencibles.
No hay fuente en el patio central.
Hay, en su lugar, un charco de risas derramadas que nunca se seca, y en cuyo reflejo puedo ver, si me asomo, el cielo de todos mis veranos.
A esta casa-regreso yo, sin hacer ruido, cuando la intemperie del mundo me ha dejado la piel fría y el espíritu maltrecho.
Me desplomo en su sillón invisible, que conoce perfectamente los embrollos de mis huesos cansados.
Y allí, me acerco al fuego secreto.
Ese que no se enciende con leña, sino con todo lo que amamos a escondidas: los sueños que no contamos, las lágrimas que no lloramos, la fe que guardamos como un último fósforo.
Esa llama que nunca, nunca se apaga, porque la alimenta lo más indestructible que tenemos: la memoria del cariño recibido y del amor entregado.
Esta casa invisible, que no aparece en ningún plano, es mi única y verdadera morada.
La que cargó conmigo a cuestas por todos los exilios y todos los regresos.
Es la herencia que no se declara a Hacienda, la que me fue entregada el día que entendí que el alma también necesita un techo.
Y es, al fin, mi trinchera contra el mundo, mi búnker de paz, el territorio soberano donde mi yo más antiguo y mi yo más reciente se sientan a hablar, sin prisa, para decidir cómo seguirán construyendo, juntos, esta casa que es eterna porque la habitamos con el mismo coraje con el que amamos.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.












Tengo el enorme orgullo de contar a Mario cómo uno de mis amigos ,hemos viajado juntos como artesanos y me ha deleitado con sus anécdotas y su calidad compañía ,un abrazo enorme Mario,ojalá podamos coincidir un ratito más en esta vida. Marcel.
Hola Fernando. Gracias por tu mensaje. ¿Querés que te envíe el diario por guasap, jornada tras jornada? Enviame un mensaje al 2615452291 o escribime tu número aquí. Que estés muy bien. Marcelo Sapunar.