
(viene de la edición anterior)
El día amaneció nublado y lluvioso. Mendoza había cambiado mucho su clima en los últimos años, ya no era la provincia seca y diáfana de su infancia, ahora era castigada en cualquier época del año por vientos huracanados, y en cualquiera estación cambiaba repentinamente el tiempo para sumergirse bajo aguaceros que duraban horas. Desde que se había mudado al departamento de Isabel Pereira -era uno de los “requisitos” del testamento-, gozaba de una vista de los techos desiguales y pobres de la Cuarta, y siempre pensaba sobre cuál de ellos habría ido a parar el gato aquel funesto día de la araña de caireles.
El departamento de Isabel Pereira era notablemente más amplio que el suyo, aunque en cierto modo más penumbroso. Tal vez esos muebles antiguos, tallados, pesados, absorbieran la luz de las dos ventanas del salón, que debería ser muy luminoso y en cambio nadaba a toda hora en una suerte de pecera, lustroso y ambarino. Había un dormitorio con otra ventana, pero ésta daba a la parte sur, al interior de la manzana, sobre los techos. Y había otra habitación de medianas dimensiones, con las paredes totalmente cubiertas por estanterías pobladas de libros y de toda clase de objetos que parecían provenir de cada rincón del mundo, pero de los rincones más recónditos, ésos cuyos nombres ni siquiera aparecen en los mapas. Juan sólo había conocido el salón en sus visitas etílicas a la suicida, y ahora que era dueño de esos espacios, descubría un universo interior que en algo explicaba esa misteriosa personalidad que lo había nombrado heredero universal sin siquiera saber nada de su vida. O tal vez sí, tal vez Isabel Pereira sabía mucho acerca de él, ya que había sido la propietaria de todo el conventillo, y se habría informado en especial acerca del inquilino con el cual no sólo había compartido numerosas botellas de whisky, sino también todas sus posesiones después de su muerte.
En el testamento decía claramente que no se podían vender los muebles del departamento ni mucho menos los libros, con excepción de la araña de caireles. Juan Arriaga agradeció ese detalle y la hizo cambiar por una araña de bronce, antigua, hecha sobre el modelo de las lámparas del norte de Europa, con una bola debajo y los brazos que sostenían las tulipas de opalina. Era menos miliunanochesca que la anterior de caireles, pero se hermanaba bien con los muebles, los cortinados y las alfombras de ese salón. De la soga que usó su ex vecina para colgarse no supo nada, ¿dónde habría ido a parar? Quizás se la había llevado la policía cuando retiraron el cuerpo.
El taxi lo llevaba hacia el norte, a la dirección donde vivía Rubí Morales, la persona que según especificaba el testamento de Isabel Pereira, debía contactar lo antes posible. El norte significaba cada vez más vetustez, y cada vez menos casas, lo cual tal vez era mejor vista la pobreza de la zona. Fue por esa impresión que Juan Arriaga se quedó un poco sorprendido cuando el taxi se detuvo delante de una suerte de mansión blanca de estilo neoclásico antecedida por un amplio jardín impecable que también la rodeaba con holgura, y parecía extenderse hacia atrás sin que se pudiera distinguir su final. Pagó, bajó del vehículo y cuando tocó el portero eléctrico en una de las columnas que sostenían un portón desmesurado de hierro elaborado, salieron dos perros que no ladraron, se limitaron a olerlo a través de la reja. Una voz femenina se coló por las hendijas del aparato, y cuando él dijo su nombre, las dos hojas del portón se abrieron inmediatamente. Los perros se limitaron a olerlo con una insistencia de sabuesos, y lo acompañaron hasta el pórtico de la casona, sostenido por columnas blancas y separado del jardín por varios escalones. Una de las hojas de la imponente puerta de madera labrada se abrió para dejarlo pasar, y una vieja sirvienta, evidentemente la dueña de la voz en el portero eléctrico, lo hizo pasar a un inmenso vestíbulo al que daba una escalera que se derramaba como una ola de lava blanca sobre el piso de mármol. Juan Arriaga pensó que se encontraba en Lo que el viento se llevó, o al menos en alguna película con Rita Hayworth. La vieja lo condujo a otra puerta doble que se hallaba al costado izquierdo del salón, la abrió y Juan Arriaga fue introducido en un estudio con altas poltronas de terciopelo azul. En una de ellas se encontraba sentada la mujer más hermosa que hubiera visto en su vida.
-Por favor, tome asiento Juan.
Con un gesto de una mano grande, blanca, alargada y adornada con un anillo que sin dudas era de piedras preciosas, la dueña de casa le indicó una poltrona frente a la suya.
Juan Arriaga se había quedado estupefacto. La belleza femenina por lo general lo dejaba indiferente, pero Rubí Morales era otra cosa. Tenía un par de senos de una redondez leonardesca, ajustados en un vestido que ni a Jessica Rabbit le hubiera quedado más ajustado, de satén o algo parecido, color rojo fuego. Su melena se derramaba sobre los hombros con tal abundante generosidad que parecía detener al mismo aire entre sus ondas grandes, barnizadas de castaño. Con una boca exactamente pintada del mismo color del vestido, la mujer dijo:
-¿Me daría su celular?, y extendió una mano seguida de un brazo igualmente blanco y torneado.
Juan Arriaga ni siquiera pensó cuando se metía la mano al bolsillo y le extendía su viejo celular. Rubí lo tomó con una cierta displicencia, y sin siquiera mirarlo lo dejó sobre una mesita de caoba que se hallaba junto a su poltrona, de donde tomó otro, evidentemente nuevo y muy costoso, y se lo pasó.
-Éste es mucho mejor, y desde ahora le va a ser muy útil.
-Pero es que… -alcanzó a balbucear Juan Arriaga pero fue inmediatamente interceptado por la voz cálida pero firme de Rubí Morales.
-¿No pensará seguir en el grupo de profesores del colegio? De todos modos, ahora tiene otras cosas más urgentes que atender. Y ante la actitud desolada de Juan, la mujer lo miró a los ojos, con dos ojos impecablemente maquillados y prosiguió: -Vamos Juan, y por favor, cómprese otra ropa ahora que puede, deje de vestirse como si tuviera que leer las glosas en un acto escolar.
Juan Arriaga salió de la mansión de Rubí Morales extasiado por la belleza inquietante dee sa mujer que a su vez lo había tratado más como a un adolescente tonto que como a un hombre adulto. Ya en su nueva casa, se dedicó a mirar los cuantiosos libros ordenados en los estantes del estudio, y en eso estaba cuando un sonido afilado y desconocido lo distrajo. Miró hacia todos lados hasta que se dio cuenta de que venía del bolsillo de su saco, colgado en un perchero del salón: era su nuevo celular. Lo encendió y vio un mensaje: martes 13 a las 20.00 horas en la puerta del cementerio de la Capital. Lo releyó varias veces como si estuviera escrito en otro idioma, hasta que salió de su ensimismamiento y miró el remitente: una letra G mayúscula, y como fotografía un ojo encerrado en un triángulo.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).











