Un día, en la habitación de uno de los mayores de esta casa,
vi un cuadro sencillo.
Un papel amarillento,
un marco gastado,
colgado apenas torcido,
como si el tiempo lo hubiera tocado con cuidado.
Me acerqué.
Decía ser de un poeta cantor.
Del poema recuerdo esto:
“No soy tus piernas,
pero te llevo.
No soy tu fuerza,
pero te sostengo.
Donde el cuerpo duda,
yo continúo.
Donde el miedo frena,
yo acompaño.
Soy metal humilde
con vocación de camino.”
No sé si el poeta existió
o si lo acabo de escribir.
Lo cierto es que el poema existe.
Lo estoy viendo de nuevo ahora.

Existe cada mañana
cuando una silla se acerca sin ruido.
Existe cuando alguien vuelve a salir de su cuarto
y el pasillo deja de ser frontera.
Existe cuando una madre, un padre, un abuelo
recuperan la alegría sencilla de ir.
La silla no promete curas.
Promete presencia.
No devuelve el pasado.
Devuelve movimiento.
Con ella, el dolor baja la voz
y la vida vuelve a hablar.
Con ella, el mundo recupera tamaño:
la plaza,
el árbol,
la vereda donde alguien fue feliz.
Cada giro de rueda
no es mecánica:
es confianza.
Confianza en que todavía se puede.
En que todavía hay afuera.
En que el cuerpo, aun cansado,
merece paisaje.
Las familias lo saben.
Lo ven en los ojos que se encienden.
En la risa que aparece sin aviso.
En ese “gracias” que no siempre se dice
pero queda flotando en el aire.
La silla no apura.
Acompaña.
No empuja la vida:
la sostiene.
Tiene frenos,
porque cuidar también es amar.
Porque detenerse a tiempo
es otra forma de avanzar.
No es símbolo de derrota.
Es pacto silencioso
entre el cansancio y la esperanza.
Metal humilde, sí.
Pero con vocación sagrada:
la de seguir llevando
cuando las fuerzas flaquean.
Mientras haya una silla rodando,
nadie queda afuera del día.
Mientras haya alguien empujando con ternura,
la vida encuentra cómo seguir.
Y entonces pasa esto,
tan simple y tan grande:
el mundo vuelve a abrirse
y alguien, desde una silla,
vuelve a andar.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











