¿Cómo llamaría Umberto Eco esa crónica de viaje que escuché por la radio la otra noche? Estaba en un país lejano… Como sería Las Grutas para quienes llegaron el día que Mariano, el anciano capitán de barco presentó su primer libro en la Mutual del Magisterio hace tanto ya… Seguramente era una noche fría como la de hoy. Tal vez con este viento patagónico que siempre sopla haciendo doblar los árboles como juncos. No llovía entonces, lo recordaría, supongo, aunque los años hacen que esta historia parece no hubiera existido…
El salón impecable, las sillas acomodadas para que todos pudieran ver a quien había llegado al Centro de Jubilados grutense con un manuscrito donde contaba su vida… Los hijos, nietos, sobrinos y lejanos parientes habían llegado de países extraños para compartir ese momento tan soñado…
En unas mesas al fondo estaba el vernissage preparado con amor por su familión, con pequeños manjares y bebestible en copas elegantes para los vinos de excelente calidad y para kienes somos abstemios, unos exprimidos de naranja y otras frutas. El sitio de honor era para su correctora de estilo que había logrado ese milagro de transformar el casi ilegible manuscrito en ese precioso libro que tuve hace años y que ahora no encuentro en mi biblioteca, llena de libros, algunos ojeados simplemente. El viejo lobo de mar lo había comenzado en Conesa cuando se jubiló y decidió regresar a la escuela. Su maestra de adultos le había dicho: Mariano, tiene usted una vida tan interesante que es para escribir un libro con su historia. Y cuando falleció su señora comenzó a hacerlo.

“El momento justo es… Ni un minuto antes ni uno después… Cuando Dios kiera” decía papá, el Anciano Venerable, en ese tiempo en que se sentaba en el ranchón pampeano de 25 de Mayo (Viejo) cuando escribí mi primer libro, “CALEIDOSCOPIO” para becas de estudiantes en el año 1990 y que regalé tantas veces en las diferentes encuadernaciones artesanales donadas a bibliotecas populares de tantos lugares extraños…
Papá se ubicaba en el sillón hamaca, igualito al que ahora ocupan Gatúbelo y su novia gris de noche. Después ella se va. Y comienzan los tiempos de discordia con la perraza kilomberaza…
Cuando Mariano presentó su primer libro, no estaban los compañeritos de mi vida ahora, tan diferentes de aquellos del ranchón. Tal vez sus parientes llegaron en un barco inmenso como el crucero con los muertos que tendrían hanta virus… Parecieran preanunciar otro tiempo de encierro largo como en la pandemia anterior. Me preparé la milagrosa bebida de agua del mar más azul del continente con jugo de limón, por las dudas…
Mi teoría conspiranoica es que en realidad el tema sería sólo haber descubierto la identidad real de algunos de los pasajeros que habrían subido al crucero con unos documentos falsos. Y entonces, la sola posibilidad que llegasen a Europa algunos sobrevivientes argentinos como la casi centenaria Mirtha Legrand preocupa a los malthusianos…
Tal vez este ventarrón de vientos huracanados se levantó en ese momento en que llegaban las noticias del inmenso crucero de un lujo increíble. ¿Será alguno de los barcos como los Andrea C. de Costa, que contaba mamá eran de Génova, donde estaban los astilleros de su familia?
En la tele muestran unas imágenes de olas de muchos metros de altura, que tal vez así sean las de la playa grutense… La última vez que fuimos con Angelé, la perraza de mirada tierna, era un día precioso, con el mar de ese azul que tal vez fuese azul Francia, casi turquesa, como el de la ninfa que hospedó a Ulises siete años, mientras Penélope tejía en su telar y destejía cada noche y Telémaco que había sido un bebé cuando su padre partió a Troya seguía creciendo feliz con su madre. Cuando Odiseo regresó solamente lo reconoció su viejo perro Argos. Obviamente recurrí al Google para corroborarlo. Unas imágenes muestran esculturas de Argos cuando llegó, harapiento, viejo y cansado Ulises de esa larga guerra, como todas, absolutamente injusta y cruel.
Tal vez tuviese Argos la mirada dulce y tierna y un ladrido como el rugido de Manchita, mi amada dálmata que partió en Wesak, el día en que nació, se iluminó y trascendió Siddhartha Gautama, el Buda… y años después llegó Angelé en esa fecha, también, de la luna llena de Tauro.
¿Habrá partido en ese día el León del Barrio Universitario de Bahía Blanca en los lejanos años ’70 de mi añorada juventud de estudiante del Profesorado y la Licenciatura en Humanidades, especialidad Historia en la Universidad Nacional del Sur, cuando teníamos clases gratuitas de idiomas, deportes y artes varias, residencias, comedor y becas…? Hasta la dictadura que puso tantos FIN.

Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.













