Llegué a Quito después de ocho días de polvo, cansancio y ruta.
El polvo se me había pegado a las pestañas. El cuerpo venía molido por los kilómetros. Los huesos parecían saber antes que yo que ese viaje no era un viaje cualquiera. Atrás quedaba Mendoza, quedaba el miedo, quedaba una patria que me dolía como duelen las cosas que uno no deja de amar aunque tenga que irse.
Traía una guitarra, una recomendación en el bolsillo y una esperanza que no sabía muy bien dónde apoyar.

El bus avanzaba por la Panamericana con ese ruido de fierros cansados que tienen los viajes largos. A veces parecía que no llevaba pasajeros, sino pedazos de vidas rotas. Había mochileros, turistas, gente que iba y venía con una naturalidad que a mí me parecía imposible. Y estaba yo. Un hombre sin suelo firme, pero con una certeza metida entre las costillas: en alguna parte tenía que empezar de nuevo.
Quito apareció de golpe.
No pidió permiso.
Se abrió entre montañas, tejados, altura y un cielo de un azul casi insolente. Un azul que no parecía pintado para mirarse, sino para obligarte a respirar. Caminé sin rumbo, como caminan los que todavía no saben si han llegado o solo siguen huyendo.
Y entonces, desde un lugar muy hondo, me nació una frase que no pensé.
Aquí.
Aquí sí.
No fue una idea. Fue una especie de reconocimiento. Como si una parte mía, más antigua que mi miedo, hubiera tocado la puerta desde adentro y me hubiera dicho: quedate. Acá todavía se puede vivir.
Me refugié en un hotel de la calle 24 de Mayo. No era un palacio, claro. Era uno de esos lugares donde las paredes escuchan más de lo que dicen. Por los pasillos andaban suizos de paso, chilenos con la mirada partida, ecuatorianos que cargaban su mundo en silencio, viajeros de esos que parecen no pertenecer a ningún sitio y, sin embargo, siempre encuentran una cama.
Yo era uno más entre ellos.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que nadie venía detrás de mis pasos.
Quito hablaba mi idioma, pero lo hacía con otro aire. Tenía campanas de convento y gritos de mercado. Tenía olor a pan, a lluvia reciente, a fruta abierta, a ciudad antigua respirando en altura. Todo era familiar y extraño a la vez. Como si el mundo me dijera lo mismo, pero con otro acento.
La ciudad estaba cruzada por esa línea imaginaria que parte el planeta en dos. Norte y sur. Arriba y abajo. Una mitad y la otra. Y yo, sin saberlo, también estaba partido.
Venía de una muerte interior y empezaba a tantear un nacimiento.
La carta que traía la había escrito yo mismo, pero venía firmada por el cura Rey y llevaba todos los sellos que habíamos encontrado en el obispado. Estaba dirigida a los hermanos sacerdotes del mundo. Yo no sabía todavía que uno de esos hermanos iba a convertirse en techo.
Monseñor Rada no me abrió solo una puerta. Me abrió una forma de humanidad.
Dormí bajo su techo con una gratitud que todavía hoy me conmueve. Hay gestos que a uno lo salvan sin hacer ruido. Una cama. Una mesa. Una palabra dicha sin lástima. Una heladera abierta.
Aquella heladera, para mí, no era un electrodoméstico.
Era un arca.
Había lechugas, quesos, frutas, cosas simples. Pero para un hombre que venía de la intemperie, cada bocado tenía sabor a regreso. No a regreso geográfico. A regreso humano. Era como si el cuerpo me dijera: todavía estás vivo. Todavía podés sentarte. Todavía hay pan, hay agua, hay alguien que te deja entrar.
Y entonces llegaron ellos.
Mi mujer, con los ojos cargados de nueve lunas de ausencia. Mis hijos, con las manos llenas de preguntas y esa manera que tienen los niños de perdonar sin entenderlo todo.
El 23 de mayo fue una fecha que se me quedó grabada como una marca de fuego. Era el cumpleaños de mi hijo. Era también el cumpleaños de monseñor. Y ese día, bajo el amparo de Santa Rosa de Lima, sentí que la vida me devolvía una parte del mundo.
No digo que todo se arregló.
No se arregla así una herida de exilio.
Pero algo se ordenó.
Volvimos a estar juntos. Y cuando una familia vuelve a respirar bajo el mismo techo, aunque sea prestado, aunque sea pequeño, aunque todavía no sepa qué pasará mañana, empieza a levantarse una casa.
Después llegó el trabajo.
En CPV Publicidad no me regalaron discursos. Me dieron algo más importante: confianza. Un escritorio. Una tarea. La posibilidad de volver a crear. Cada campaña era, de algún modo, una manera de decirme a mí mismo que no me habían vencido. Que la imaginación seguía ahí. Que la palabra, la imagen, la idea, todavía podían abrirme camino.
Y claro que podía compartirlo.
Porque las cosas buenas, cuando uno viene del hambre de futuro, no se guardan en un cajón. Se abren. Se convidan. Se ponen sobre la mesa.
Y entonces, como promesa cumplida, llegaron los hermanos del camino.
Manolo Corominola. Coco Yáñez.
Uno ponía la chispa, las ideas. Otro la luz, el arte. Y yo el verso, las ventas. Un equipazo hecho de necesidad, amistad y terquedad buena.
Éramos compañeros de exilio, de universidad, de banco, de sueños golpeados, de luchas compartidas. Llegaron con sus mujeres, con sus hijos, con sus maletas llenas de lo poco que uno puede cargar cuando la vida lo arranca de raíz.
Nos mudamos juntos.
La casa era chica. Muy chica. Una cajita de fósforos para tres familias mendocinas tratando de inventar futuro. Un solo baño. Poco espacio. Mucho ruido. Mucha vida.
Pero ahí, en esa estrechez, pasó algo hermoso.
Los serruchos empezaron a cantar, fabricando catres, sillas y pequeñas soluciones para cada urgencia. Los martillos marcaron el compás. La viruta olía a taller, a infancia, a posibilidad. Las mujeres hacían milagros con semillas, telas, muñecos de ojos plásticos y una paciencia que merecería estatua. Los chicos jugaban como si no supieran que sus padres venían de perder una patria.
Los domingos había asado.
Y el asado, lejos de Mendoza, no era solo comida.
Era rito.
Era bandera.
Era una manera de decir: todavía somos nosotros.
La guitarra aparecía. El folclore también. Y alguna zamba nos devolvía, aunque fuera por tres minutos, una acequia, una vereda, una noche mendocina, una voz de madre llamando desde el patio.
Yo salía con mi caja de deseos por los negocios del barrio. Vendíamos alegría a cinco sucres. Dejaba en consignación esos muñecos pequeños, nacidos de semillas y de esperanza, como quien deja pedacitos de ternura sobre un mostrador.

No vendíamos solo objetos.
Vendíamos una forma humilde de seguir creyendo.
Cuando cada familia encontró su propio nido, los domingos siguieron siendo sagrados. La tribu se reunía. El pan circulaba. Los chicos crecían. Nosotros aprendíamos, sin manual, que el exilio no se vence solo con documentos ni con trabajo. Se vence con mesa. Con amigos. Con canciones. Con alguien que te espera.
Después vino aquel cliente gringo y su desafío.
Me habló claro. Si yo fallaba, él caía. Si cumplíamos, ganábamos todos. Diez mil dólares en mis manos, la confianza sobre la mesa, y una mezcla de vértigo y fe que todavía puedo sentir.
Así nació Video Producciones.
Y entonces Ecuador se me abrió entero.
Lo recorrí con hambre de mundo. La Amazonía me envolvió con su verde interminable. Los Andes me hicieron sentir pequeño y vivo. Galápagos me enseñó una lentitud milenaria. Filmé desde helicópteros que parecían arañar el cielo y desde submarinos que se hundían en un silencio azul.
Yo creía que estaba contando historias.
Pero, en realidad, Ecuador me estaba contando a mí.
Me estaba reescribiendo.
Vinieron empresas, trabajos, éxitos, tropiezos, aprendizajes. El dinero entraba y salía, como siempre. Nunca tuvo el sabor profundo que tiene el sentido. Porque una cosa es ganar plata y otra muy distinta es volver a sentir que uno sirve para algo, que todavía puede crear, sostener, imaginar, levantar una casa donde antes había ruina.
Pasaron siete años sin pisar Argentina.
Siete años mirando hacia el sur con el corazón en carne viva.
Hasta que la democracia, frágil, temblorosa, recién nacida, nos devolvió el derecho al regreso. No era todavía la patria curada, pero era una puerta entreabierta. Y nosotros, que habíamos aprendido a esperar sin quedarnos quietos, empezamos a preparar el viaje como se prepara una ceremonia.
La furgoneta camper se volvió arca.
Camas improvisadas. Maletas llenas de regalos. Paquetes con olor a Quito. Ilusión acomodada como se podía. Los chicos excitados. Nosotros con esa alegría rara que da volver a un lugar amado sabiendo que ya no sos exactamente el mismo.
La Panamericana volvió a ser camino, pero esta vez no solo de huida.
Ahora era regreso.
Miles de kilómetros de canciones desafinadas, panes partidos en estaciones de servicio, mapas manchados, cansancio, discusiones pequeñas, paisajes enormes. Cada pueblo traía un acento. Cada frontera, una mezcla de miedo y alivio. Cada curva parecía preguntar si de verdad se puede volver.
Y al llegar a Mendoza, la fiesta empezaba antes de bajarnos.
La primera en subirse a la furgoneta era la Lela.
Mi madre.
Menuda como un pájaro y fuerte como una roca. Subía con una sonrisa que no necesitaba palabras. Solo con estar ahí bendecía el camino. Era como si todo el exilio se achicara de golpe frente a esa mujer que nos recibía sin discursos, con esa manera de amar que tienen las madres cuando ya lo han sufrido todo y todavía les queda ternura.
Los sobrinos corrían como una manada feliz.
Más de quince chicos alrededor de la furgoneta, gritos, regalos, juguetes con pilas, chocolates, galletas, ojos abiertos como ventanas. La alegría hacía ruido. Y ese ruido era música para nosotros.
Cada jornada terminaba en la heladería Sopelsa.
Mesa larga. Cucharadas de dulce de leche. Niños con bigotes blancos. Grandes hablando todos a la vez. Abrazos que no alcanzaban a ponerse al día. Éramos una familia desparramada tratando de juntarse de nuevo alrededor de un helado.
Y eso, que puede parecer pequeño, era inmenso.
A los siete años de exilio volví por primera vez. Después repetí ese viaje seis veces más. Cada regreso era una aventura. Una fiesta. Una reparación parcial. La estadía en Mendoza duraba unos cuarenta días, lo justo para abrazar mucho y volver a Quito antes de que empezaran las clases.
Mis hijos todavía guardan esos viajes como reliquias.
No por los juguetes.
No por los regalos.
Sino por el olor de la familia apretada en una furgoneta. Por la libertad recuperada. Por los primos corriendo. Por la Lela subiendo primero. Por el helado compartido. Por esa certeza de infancia que no necesita teoría: estar juntos era casa.
Hoy lo miro desde lejos y entiendo algo.
Quito no fue solo el lugar donde viví.
Fue el país que me volvió a parir.
Me recibió roto, cansado, con miedo, con la guitarra a cuestas y una carta en el bolsillo. Me dio techo, trabajo, amigos, caminos, selva, montaña, hijos creciendo, domingos de asado, empresas, fracasos, reinvenciones, regresos.
Me dio una segunda manera de nacer.

Porque el exilio no termina cuando uno cruza una frontera.
Termina, tal vez, cuando el amor consigue levantar una mesa en medio de la intemperie.
Cuando una ciudad extranjera deja de ser refugio y empieza a llamarse hogar.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













