
(viene de la edición anterior)
-¿Por qué todos querían la llave de hierro? Juan Arriaga parecía haber atravesado un desierto de arena líquida, un mar odiseico del que ya no hacía esfuerzos por salir. Algo, años de abandono, de soledad, de preguntas a la nada, de explotación, de pobreza, de sueños incumplidos, se abatía sobre él y lo encorvaba, un gran peso invisible para los demás, y quizás invisible también para él.
-No me responda con otra pregunta. Pero se lo voy a decir, ya que usted es tan ingenuo, o se hace el tonto: la llave de hierro abre los depósitos donde el cartel de Bilbao almacena la droga, antes de que se distribuya desde un lugar recóndito de la Lavalle, un caserío llamado La Asunción.
-¿La Asunción? ¿Donde vive la tía Yiya?
Humberto volvió a reírse un poco cansadamente. -La “tía Yiya” como se la llama en el cartel, es la encargada del fraccionamiento y distribución de las partidas, ella con una mujer joven y dos hombres más. Un sistema aparentemente poco práctico, pero muy inteligente, y sobre todo, eficiente. Vamos Arriaga, usted misma ha ido a La Asunción con Rubí Morales, Montoya y Paco, no me diga que no estaba al tanto de este mecanismo.
-Yo… sí, es cierto que fuimos a la casa de la tía Yiya, en Lavalle comimos cornalitos con vino blanco…
El policía frunció el ceño, como a punto de estallar en un ataque de ira, pero con voz contenida, en cambio dijo: -¿Cornalitos? ¿En pleno desierto? ¿Me sigue tomando el pelo? Primero me dice que los muertos de los dos tiroteos eran ratas y víboras, después, que no sabía que Rubí Morales antes era Rubén Persner. Ahora seguramente me va a decir que usted no mató a Isabel Pereira después de hacerle firmar, quién sabe cómo, un testamento, y se instaló en su departamento. Arriaga, a usted la mierda le ha llegado al cuello. Le conviene confesar todo con lujo de detalles, porque de ésta no va a poder salir tan fácilmente, le aseguro que no van a venir sus amiguitos del cartel de Bilbao a rescatarlo, y mucho menos ese cuervo de Casacordero, el abogado de todos los mafiosos.
Juan Arriaga se dio cuenta de que se encontraba en un lugar totalmente diferente de aquel limbo extraordinario en que se había convertido -no sabría precisar cuánto tiempo antes- el interior del mausoleo al que había entrado con Humberto abriéndolo con la llave de hierro. Ahora estaba en una sala gris, aséptica, ante una mesa rectangular del mismo color, de acero; no tenía las manos esposadas pero delante de él se encontraba ese indagador joven pero duro como la piedra, que ahora fumaba con fingida paciencia. En una esquina había un policía uniformado. Sobre la mesa había una pequeña grabadora.
La única puerta de esa habitación excesivamente iluminada se abrió para dar paso a un hombre alto, enjuto, con el pelo largo, ensortijado, canoso, y con la cara surcada por profundas arrugas verticales.
-Aquí lo tenemos a Juan Arriaga. Al fin vas a rendir cuentas cabrón.
-Usted es el Mancha…
-Exactamente, el Mancha, o Josefina Heredia si querés. Y vos sos el asesino de mi pareja, Isabel Pereira.
Juan Arriaga vio cómo una nube grávida de relámpagos incandescentes empezaba a envolver todo el lugar, y algo lo empujaba a entrar en ese aire brillante, a abandonar a esas personas que hablaban cosas imposibles, que mentían y querían destruirlo a él, a él que finalmente había conocido a gente extraordinaria, que había empezado una nueva vida de aventuras y misterios por resolver, y que ya no tenía que preocuparse por el dinero, ni por los horarios, ni por los alumnos, ni por las clases. A él, a Juan Arriaga, que nunca había salido del laberinto de la Cuarta porque el mundo siempre le pareció un abismo sin fondo lleno de uñas y dientes dispuestos a rasguñar y lacerar su carne; que vivía en una pieza en un pasillo donde no entraba más que la soledad, y que cada tarde se emborrachaba para caminar por el cementerio y mirar las tumbas como si fueran el catálogo de sus propias desventuras, esperando siempre que algún signo, una inscripción, una brisa encantada le revelara algo, lo hiciera partícipe de un secreto que aliviara un poco la desdicha de su existencia. ¿Para qué caer en la trampa de ese interrogatorio con el cual lo querían inculpar de cosas que nunca había hecho? ¿Por qué creer que rubí Morales no era la mujer más hermosa del mundo, que Paco no era su amigo y compañero de viajes oníricos con absenta? ¿Por qué creer que Bilbao no era un mecenas bienaventurado que lo había acogido en su grupo y lo trataba como un igual? ¿Por qué dudar de que la tía Yiya estaba esperando esos encajes para hacerle un vestido a la Virgen? ¿Acaso él, Juan Arriaga, era un asesino? Esta pesadilla debía tener algún sentido oculto, tal vez querían confundirlo, o se trataba de otra complicada prueba de Giordano Bilbao y sus amigos. Seguramente era eso, ¿nunca terminarían las pruebas? ¿Qué decía ese hombre llamado el Mancha? ¿Que lo iba a matar? ¿A él, a Juan Arriaga? Tal vez ese maestro del travestismo no sabía que él estaba protegido por mucha gente, y que pasara lo que pasara iban a venir en su ayuda a rescatarlo, incluso si necesitaba esconderse un tiempo podría ir a la cripta de las calaveras donde se había entrevistado con Melchor Montoya, o a la penumbrosa casa de Paco, donde tomaban absenta, o incluso al palacio de Rubí Morales, que seguramente tenía muchas habitaciones vacías. Sí, él no estaba solo, él, Juan Arriaga, ya no necesitaba buscar señales en las lápidas del cementerio, porque tenía muy buenos amigos que siempre sabían dónde estaba y lo iba a ayudar.
-Entonces, ¿vas a declarar o no? -insistió Humberto con hastío, mientras el Mancha se liaba un cigarrillo con tabaco que sacaba con la punta de los dedos de una petaca que había tomado del bolsillo. Mientras realizaba esta tarea, dijo: -Lástima que no me lo dejan por mi cuenta, yo lo hacía hablar a este imbécil.
Humberto se levantó de su silla, se guardó la pequeña grabadora en el saco, y sin mirar a Juan Arriaga le dijo un poco entre dientes al Mancha, mientras salía de la habitación: -Pero no exagerés, después tengo que dar yo las explicaciones.
Juan Arriaga se mantuvo en su silla, se había introducido suavemente en esa nube de relámpagos, y dentro había encontrado la gran casa de Rubí Morales, la escalinata blanca, la voluptuosa mujer recostada en un sofá fumando, como una sirena rica y satisfecha. El primer golpe hizo temblar la araña del salón y los caireles vibraron, produciendo un ruido cristalino como el de un arroyo de montaña entre piedras de colores. Sobrevino un silencio durante el cual la bella Rubí pareció a punto de decir algo, y un nuevo estremecimiento hizo caer una estatuilla de porcelana japonesa desde la cima de un secrétaire de palisandro. Rubí dejó de fumar, inquieta, y en el momento en que un verdadero temblor hizo vibrar todos los muebles, entró Paco, quien se arrodilló junto a las rodillas de Juan y rodeándole las piernas con ambos brazos, lo miró directamente a los ojos, pero un impacto mucho mayor que los anteriores provocó una grieta en la pared detrás de Rubí, quien se sentó en el sofá y dejó caer el cigarrillo de entre los dedos, mientras se giraba y miraba a sus espaldas. Paco también miró la grieta y volvió la cara hacia Juan, sin dejar de abrazarle las piernas. Sus ojos estaban enrojecidos y dejaban caer muchas lágrimas, mientras su expresión revelaba una enorme angustia. Poco después, una sacudida definitiva hizo caer a Juan Arriaga de su silla, mientras Rubí se arrodillaba sobre el piso, y Paco, en cuclillas, se tapaba la cara con las manos.
-Te dije que no exageraras. ¿Me querés decir cómo explico esto?- la voz de Humberto chocaba contra las paredes grises y resbalaba como una pasta viscosa hasta caer al suelo.
-No hay manera de que hable, se ha escapado el muy cabrón.
Una mano áspera y temblorosa, pero firme, acariciaba la cabeza de Juan. Su tibieza le hizo abrir los ojos, apenas una hendidura desde la cual vio una cara muy morena, arrugada como la cordillera y finamente enmarcada por un brillante pelo tirante, negro y lustroso como sus pupilas de obsidiana.
-Tome este poquito de agua señorcito, haga un esfuerzo. Y Toribia Galarza le levantaba la cabeza con una mano, mientras con la otra sostenía un vaso de vidrio que apoyaba en su boca.
Con una voz que ciertamente venía desde el más allá, desde algún más allá que tal vez sólo él conocía, Juan Arriaga murmuró a esa mujer que trataba de hacerlo tomar agua, o tal vez a sí mismo: -Rubí…
Fin
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












