Antes de comenzar un concierto los músicos, el director, el público se preparan con un profundo silencio que ayuda a la concentración, a crear el momento propicio para la música, y sobre todo a romper con la música misma ese ambiente recogido. El paso del silencio a la música puede ser abrupto, monumental, o ser casi inaudible y deslizarse como una nube de vapor, o transitar la escala de grises entre ambos extremos.
Los viejos libros de solfeo definían la música como el arte de combinar los sonidos. Pero el silencio es también parte de la música, y no sólo de aquel espacio que se rompe con la llegada del sonido y que lo enmarca cuando éste termina. La música está plagada de pequeñas y grandes pausas: escuchar prestando atención a estos aparentes huecos puede ser una experiencia asombrosa.
Muchos conocerán la emblemática obra 4’33’’del compositor norteamericano John Cage (1912-1992). Un intérprete ingresa al escenario, se prepara aparentemente para comenzar a interpretar la obra y durante cuatro minutos con treinta y tres segundos no toca… nada. Esta inquietante pieza pone en primer plano los innumerables sonidos que tiene el silencio: las toses, las voces, los susurros, los cierres de bolsos y carteras, el nerviosismo de las butacas, el roce de las ropas, algunos ruidos externos de la sala, y hasta el papel de algún caramelo que manos presurosas y desconcertadas por la situación sacaron de un bolsillo.
Esta obra de Cage que pone en primer plano el rol del silencio fue estrenada en 1952 por el pianista David Tudor (aunque puede, por supuesto, ser interpretada por varios músicos, y en cualquier instrumento) y sus implicancias en la discusión sobre el rol estructural del silencio perduran hasta nuestros días.
En otras músicas más antiguas, de otras épocas, el silencio ha tenido un rol expresivo fundamental. En los antiguos tratados de retórica musical el momento en que todas las voces se detienen recibe un nombre, y es aposiopesis. Ese recurso utilizado en el devenir de un discurso, según los retóricos musicales, con frecuencia se vincula con las ideas de muerte y eternidad.
Es interesante volver a oír algunos fragmentos escuchando estos momentos sublimes de silencio para ponderar la expectativa que genera un silencio. La acumulación de fuerza, la tensión, a veces son más expresivas con la ausencia de sonido que con su presencia. Encontramos un ejemplo bellísimo de esto en el Requiem de W.A. Mozart (1756-1791) para solistas, coro y orquesta. Vayamos al Kyrie, el segundo número de su célebre misa de difuntos. Este número, compuesto por Mozart y completado en la orquestación por su discípulo Süssmayer, es una monumental fuga a 4 voces. El tema de la fuga aparece en cada una de las voces del coro, acompañado de un movedizo contrasujeto, un tema secundario que da ímpetu y agilidad al severo Kyrie. La construcción acumula energía, con una textura densa, durante varios minutos. Cuando pareciera que no hay a dónde más escalar, Mozart hace callar a todas las voces del coro y de la orquesta, e interpone antes de la última exclamación que cierra el movimiento un silencio realmente tenso. Algunos directores sacan provecho de esta genialidad, y suelen hacerlo aún más largo y expectante para cerrar el movimiento con una exclamación al unísono de todo el conjunto vocal y orquestal. Creo que sin dudas es uno de los silencios mejor puestos en la historia de la música.
Hay un compositor latinoamericano que hace del silencio un recurso muy interesante. Se trata del mexicano Mario Lavista (1943). En su producción Lavista se preocupa por generar ambientes, atmósferas con sólo retazos de melodías que parecen volar en el aire. Este compositor, buscando imaginarias y arcanas sonoridades, y a la vez lanzándose a la utopía del presente, se vale del silencio, pero no para coronar una expectativa como en el caso que mencioné de Mozart. Lavista nos hace transitar pausadamente estados anímicos contemplativos, ensoñaciones milenarias, y va cosiendo con el silencio sus pequeños comentarios musicales. Acercarse a obras como Nocturno, o Lamento, nos permite percibir otro modo de jugar con la lentitud, la espera y lo no dicho. Un haiku del poeta Li-Po que el propio Lavista utiliza como epígrafe para una de sus obras expresa maravillosamente este vínculo entre sonido y su ausencia: No me atrevo a elevar la voz en este silencio, porque temo turbar a los moradores del cielo.
Gabriela Guembe
Se formó en la Universidad Nacional de Cuyo, en las especialidades Piano, Teorías Musicales y Violoncello. Es Magister en Arte Latinoamericano. Integra la Orquesta Sinfónica de la UNCuyo, y es docente en la Facultad de Artes y Diseño. Actualmente se desempeña como Directora de Carreras Musicales en dicha unidad académica. Especializada en estilos preclásicos, dirige el conjunto Violetta Club, y ha formado parte de diversos proyectos que la han llevado a actuar en Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia, México, Estados Unidos, España, Eslovenia y Checoslovaquia. Música versátil, participa en ensambles musicales dedicados a variados géneros, y ha grabado como sesionista junto a importantes músicos de Mendoza. Es también investigadora y sus escritos se han publicado en revistas de Argentina, México y Cuba.


