El 30 de diciembre de 2004, se produjo en la ciudad de Buenos Aires un incendio en una discoteca llamada República Cromañón. Actuaba en ese momento un grupo musical llamado Callejeros, en cuyos recitales se había hecho habitual que algunos de los asistentes lanzaran bengalas. El lugar estaba largamente sobrepasado en su capacidad para la cantidad de personas que albergaba en el momento de producirse el incendio. Alguien arrojó una bengala y el aislamiento acústico de los techos que estaba constituido por un entramado plástico conocido como media sombra hizo combustión de inmediato. Rápidamente cundió el pánico entre los asistentes que intentaron abandonar el lugar, las puertas de seguridad estaban cerradas. Se produjeron muertes por distintos motivos, quemaduras, aplastamiento en la avalancha para intentar salir y fundamentalmente asfixia secundaria a la intoxicación por monóxido de carbono.
En los baños del lugar, los organizadores, habían improvisado una guardería para que los padres que habían ido con niños pequeños los dejaran en ese lugar mientras escuchaban el show.
En total se registraron 196 muertos y un elevado número de heridos. También en los años sucesivos se han registrado numerosos suicidios entre los sobrevivientes.
Por parte de los familiares y sobrevivientes se realizaron múltiples marchas de protesta exigiendo la actuación de la justicia y la condena a los culpables de lo ocurrido. La responsabilidad se le adjudicó a los responsables del lugar, al gobierno que no habría controlado las condiciones del lugar para que estuviera habilitado para la cantidad de gente reunida y a la banda Callejeros que habría aceptado tocar en condiciones de seguridad inadecuadas, y también estimulado en sus espectáculos el uso de bengalas.
Casi 200 pares de zapatillas vacías, exactamente 196, 196 ausencias y miles de bocas preguntando y quizá preguntándose ¿por qué?
Sobrevivientes y deudos sin consuelo, intentando depositar en algún lugar la angustia que se instaló violentamente en sus vidas, ocupando su inconsciente de manera permanente y su consciencia por momentos, sin generar avisos previos, irrumpiendo e interrumpiendo su cotidianidad, la angustia, que no es otra cosa que lo que no tiene nombre, la realidad objetiva, inasible, inapelable, y que ellos buscan yugular a partir de disecar los antecedentes del suceso para encontrar culpables y así aliviar su dolor.
Pero todo lo ocurrido, lo que ocurre, lo que que en estos momentos está ocurriendo, ya ha ocurrido antes en un sentido potencial, cada arma que se fabrica potencialmente está siendo disparada, solo falta el acto para completar el circuito de sucesión de las cosas. Lo mismo ocurre con los sucesos felices, que consideramos normales y tienden a pasar desapercibidos y, por supuesto, con todo evento trágico, como el que nos ocupa.
Para que esto ocurriera existieron previamente infinidad de hechos y circunstancias que, mayoritariamente, a nadie llamaron la atención, se diría que estaban naturalizados.
Atrás del natural deseo festivo de diversión, de quienes gustan de participar en eventos multitudinarios, una cantidad de personas que excedía las posibilidades de un local cerrado se aglomeró dentro de él y probablemente hayan reaccionado airadamente si se les dijo que no había más lugar, o tal vez esto ni siquiera ocurrió.
Algunos de los que habían concurrido con niños llegaron inclusive a dejar a esos niños en los baños, en una guardería improvisada, para que sus padres pudieran escuchar al grupo musical que les gustaba, jóvenes padres a los que también les pareció natural llevar niños a un lugar donde habría tanta gente. Posiblemente ya lo habían hecho antes y no había pasado nada.
Tampoco debe haber pesado el antecedente de que en las presentaciones de la banda Callejeros fuera parte de su “liturgia” usar bengalas.
Hubo dueños del lugar que aceptaron el ingreso de una cantidad de público que cuadruplicaba la capacidad del lugar, a la hora de percibir el dinero de las entradas les pareció, naturalmente, un buen negocio; otra vez la naturalización, esta vez potenciada por la avidez y la avaricia. La misma avidez y avaricia que buscó un equipamiento acústico inadecuado y peligroso como una mediasombra, que no solo no es ignífuga sino que además es altamente tóxica al quemarse, pero de bajo costo; la misma monstruosa avidez y avaricia que llevó a cerrar con cadenas y candados las salidas de seguridad para evitar que alguien ingresara sin pagar.
También debe haber estado naturalizado para los inspectores venales del Gobierno de la Ciudad y de los bomberos obviar la inspección, o tolerar algunas deficiencias a cambio de percibir un dinero que anestesiara sus conciencias. Así como para estructuras oficiales superiores tolerar que los inspectores fueran “incontrolables”.
Seguramente todos, hasta el que tiró la bengala que inició el incendio pensaron que no pasaría nada, no era la primera ni la única vez que estos espectáculos transcurrían de esta riesgosa manera.
¿Qué culpables deberían haber buscado los ciudadanos de Herculano y Pompeya, si hubieran sobrevivido, por haber instalado sus asentamientos, con el tiempo convertidos en ciudades, en la inmediata cercanía del Vesubio?
Pareciera que hay cierta empiria necesaria, vinculada a lo trágico, para que las comunidades modifiquen conductas que las afectan.
Pretender buscar culpables excluyendo causas concurrentes en las que todos estamos involucrados de alguna manera, puede ser una forma de negar parcialmente la realidad, una de las tantas variantes del no aprendizaje, y también de quedar ligados a la situación traumática de modo permanente. Hacernos cargo implica no solo buscar justicia, sino también, activamente, intentar un cambio cultural en nuestra comunidad para evitar tragedias futuras.
No hemos tenido noticias de ninguna marcha contra la avaricia y el egoísmo que parecen ser fundantes del sistema en que vivimos, capitalista se llama, tal vez porque esto está también naturalizado, tal vez porque es lo que imponen como sistema los que dominan, tal vez porque los que no dominamos hemos naturalizado que así sea y las tragedias solo nos despiertan a medias, nos acostumbramos al dolor y no cuestionamos el origen de lo que nos parece natural.
Solo el hacer genera el espacio necesario para poder lograr la resignificación de los hechos que permita, idealmente, producir una nueva realidad.
Decíamos al principio de esta reflexión que todo lo que ocurre, ya ocurrió antes desde lo potencial, provocar un cambio cultural tendrá como consecuencia buscada, probablemente, transitar realidades no traumáticas.
Columnista invitado
Daniel Pina
Militante. Ex-preso político. Médico especialista en Terapia Intensiva. Jefe de Terapia Intensiva del Hospital Milstein. Psicoterapeuta dedicado al tratamiento de Trastornos post- traumáticos.


