Lo narrado son fantasías que sucedieron.
Se trata de pinceladas incompletas -pero no falsas- de algo que imaginé.
Cualquier parecido con la realidad podría ser el sueño de otros, reflejado en el mío.
¿Que tal el paseo a la pista de patinaje sobre hielo? “Lo que no me gustó fueron la cantidad de botellas de cervezas que había en todo el camino. Tuvimos que ir caminando entre las montañas de nieve y esquivando botellas de cerveza rotas que estaban todas tiradas en las veredas”. Nos miramos con cara de… “¡no te lo puedo creer!”. Pero el más pequeño de la familia no era de mentir y siguió tomando su sopa preferida en aquella noche del primer invierno en Canadá.
Poco antes de las vacaciones escolares de verano, la maestra a cargo de las clases del menor de la familia nos alertó, viendo el potencial del niño sobre la calidad de la educación que recibiría de seguir en esa escuela. Dijo que teníamos que mudarnos a una zona donde la media de los alumnos impulsara hacia arriba la exigencia de los maestros y del sistema educativo en general. Nos estaba diciendo que de quedarnos en ese barrio sus posibilidades de educación quedarían en los primeros escalones.
Aquel fue un golpe, pero no el primero, una cachetada en la cara que nos daba el país de los primeros puestos en el ranking de calidad de vida del mundo. De recién llegado tenía los poros abiertos, como después de un baño sauna y todo me asombraba de tan nuevo y distinto. Una tarde de tormenta, con fuerte viento frío y nieve, se cortó el suministro de energía y todo el departamento quedó a oscuras. No se cómo es que teníamos velas en un cajón de la cocina. No duró mucho, pero el impacto fue fuerte; a partir de ese episodio siempre hemos guardado velas para tener a mano, “just in case”. Las comparaciones, por más que uno las evite saltan a la vista; en Mendoza los cortes de luz eran frecuentes y a nadie le llamaría la atención.
Recuerdo los cortes programados durante el último verano de Alfonsín en el gobierno. En la radio Nihuil sabíamos que había que prever tener gasoil para el generador, porque a las diez de la mañana había que correr a encender el viejo motor en la casucha del fondo, al lado de la parrilla. En aquella ocasión no fue fácil convencer al administrador de la radio que los teléfonos debían estar conectados a la energía de emergencia. En esa época los teléfonos fijos eran el puente de comunicación y acceso a la información preferencial, si es que uno quería dejar la dependencia de las teletipos de las agencias de noticias. Claro que generó una discusión con la telefonista, quien amaba dejar la esclavitud de los incesantes llamados. Ella encontró la venganza poco tiempo después, cuando la instalación de una nueva central de teléfonos; entonces un par de veces por día desviaba todas las lineas entrantes, todo el tráfico de llamadas para que sonaran en la oficina de producción a mi cargo: «…yo también te quiero…”
Cambiar siempre es un desafío para los humanos. En la radio pasar de los lentos teléfonos de pulso eléctrico a la nueva y veloz telefonía de tonos, implicaba una adaptación para todos. En Canadá cuando recién atisbábamos las falencias que podía tener el barrio portugués que nos recibió nos vimos obligados a dejarlo, pensando en el bienestar de la familia.
Fue gracias a una compañera de trabajo. Ella tenía unos amigos que dejarían un departamento que alquilaban; allí se abrió una posibilidad para nosotros. Estaba justo frente a una escuela, una de las que tenía mejor calificación de acuerdo al puntaje que otorgaba el equivalente al ministerio de educación, que aquí es municipal.
Coordinamos una visita a la casa para que nos conozcan y saber a donde pensábamos meternos. Al llegar nos encontramos con un chalet tipo californiano, de una sola planta con un tremendo garage para dos autos. Allí en la entrada del garage nos esperaba la señora que nos dejaría el sótano, lo que aquí se llama “basement”. Un departamento de 5 ambientes coquetamente arreglado como segunda vivienda. La planta principal la habitaba una señora sola, sobreviviente de Konzentrationslager Auschwitz, el tristemente célebre campo de concentración de la Alemania nazi. Para nosotros desde el primer día fue la Tía Betsy, con quien compartimos la vivienda hasta que, años después los hijos nos pidieron mudarnos tras la muerte de su madre.
La Tía Betsy ya no tenía auto que guardar, así que aquel garaje era un gran deposito de cosas inútiles. Una costumbre muy de esta ciudad, dejar el auto en la entrada y guardar en el garaje las cajas vacías de las cosas que se compran, que son muchas… por si hay que devolverlas. Costumbre que se ejercita muy a menudo y no siempre honestamente.
Aquella tarde en que llegamos, atravesamos el garaje para acceder a la casa por la puerta del costado que nos llevó directo al sótano. Entre el universo de cosas que había allí hubo algo que me impactó. En un costado, sobre una pila de ruedas había un casco de trabajador de la construcción, de color blanco con una etiqueta pegada en el frente. Una etiqueta plateada con letras rojas y un símbolo reconocible para mi. De repente me vi transportado en el tiempo hasta los días de los cortes de luz en Mendoza.
Para ese tiempo, verano del 89 compartía todas las mañanas la oficina en la radio, con una locutora. Ella tenía el turno hasta cerca del mediodía. Un día la encontré en llantos. Preocupado le pregunté qué le pasaba. Entonces me contó que su hermano estaba lejos y acababa de recibir una carta con fotografías de él, que lo extrañaba, que porqué se había ido a vivir tan lejos. A fines de los ochenta el correo postal era la única forma de comunicación accesible. Las cartas iban y venían. Iban hacia Mendoza con noticias y, como en esa oportunidad, con fotos de un muchacho grandote haciendo payasadas con sus amigos. Y ella le respondía con noticias de la familia, de los amigos, del trabajo en la radio. En alguna de esas le debe haber enviado una etiqueta autoadhesiva de la campaña que habíamos hecho en la radio, promocionando la Clave Nihuil, etiqueta que su hermano terminó poniendo en su casco blanco y que descubrí sobre unas ruedas viejas. Años después, en otro ámbito me confesó que él había hablado -más por su hermana que por lo que nosotros podíamos ser- y que la recomendación que él dió a la Tía Betsy estuvo basada en el afecto a su hermana. Estos amores de carácter transitivo fueron decisivos para que pudiéramos vivir la segunda etapa de nuestra vida en Canadá.
Casualidades que se van encadenando y que son el resultado natural de cómo nos vamos agrupando los distintos en un lugar distinto. Y de como se generan lazos solidarios fuertes y duraderos, muchas veces. Estoy seguro de que pude trabajar en la cocina del asilo porque el chef hablaba español. Y que pude sobrevivir aquel invierno, porque mis compañeros eran todos de Latinoamérica. Claro, compartíamos el idioma, aunque tuve que aprender qué era una charola, como le dicen a las bandejas de horno en México y en Honduras, pero también en Bolivia y Perú.
Sin la compañía diaria y la ayuda de ellos mi proceso de adaptación hubiera sido más difícil. Muchos años después una argentina me decía que cuando ella llegó, a principios de la década del sesenta, si encontraba a alguien en el colectivo que hablaba castellano se lo llevaba a la casa, lo invitaba a comer y se hacían amigos para toda la vida. La historia de Ricardo la contaré más adelante.
Claro que las diferencias que sí están presentes son parte de la argamasa que construye el hogar del inmigrante. En la cocina pocas veces teníamos el tiempo para comer sentados a la mesa. Lo nuestro era más de picotear como los pájaros mientras preparábamos la comida para los ancianos de ese hogar. Una tarde uno de los otros cocineros me dice que en la heladera había una bandeja de camarones que teníamos que liquidar, pues no duraría un día mas. Como no estaba en el menú usarlas, el destino sería la basura. Ante tal crimen, me propuso que preparara una mayonesa y que nos comiéramos la bandeja de camarones, que al fin no era mucho. A mi porción le agregue una cucharada de kétchup, logrando la famosa salsa golf. Mi compañero probó y puso cara de estar comiendo algo sin gusto. “A esto le hace falta un poquito de sabor”, me dijo y me invitó a probar de su plato, que también tenia mayonesa y un poco, de lo que para mi era salsa kétchup. Comí un bocado generoso inadvertidamente, como si nada. Poco a poco sentí que se me incendiaba la cabeza. El ardor en toda la boca era imposible de calmar. Su salsa roja resulto ser un picante, según él, livianito.
A partir de los camarones, su motivo de chanzas era denigrar mi insulsa salsa golf. Hasta que impuse el pedigrí del aderezo en cuestión. Pedí más respeto y conté que había sido inventada por un internacionalmente famoso químico argentino, que ganó el Premio Nobel. Creo que aún hoy, a veinte años de aquello se escuchan las risas rebotando en las paredes de la cocina. Un par de días después me aparecí por la cocina del asilo de ancianos con una hoja impresa donde estaba la historia de cuando Luis Federico Leloir inventó el condimento famoso en el sur de América. No importa hoy si es apócrifa o una media verdad, pero me sirvió para silenciar las bromas.
La respuesta no se hizo esperar, a la vuelta del camino me contaron que en México había una publicidad en la televisión que fue muy famosa. Era de un producto que no recuerdo, cuyo remate era: “es tan bueno, que parece argentino”. Confieso que me hizo reír. Aunque en otros momentos de mi vida posterior en Canadá tuve que aguantar esa discriminación por el origen. Al fin, esto es parte de nuestra naturaleza, como los chistes de gallegos en cualquier bar de Mendoza. Como los chistes de polacos en Madrid, o los de los “newfies” en Toronto, refiriendo a los nativos de la provincia de Terranova y Labrador en el Atlántico (Newfoundland and Labrador).
A lo mejor esta necesidad de diferenciarse del otro tiene la contrapartida, de cuando uno encuentra una coincidencia de origen el primer reflejo es acercarse. Y en los buenos corazones se establecen lazos para siempre. Claro que esto es inversamente proporcional a la cantidad de dinero que se tenga en el banco. La solidaridad es también un privilegio de clase.
Nuestra vida en Toronto parecía entrar en una meseta de tranquilidad, los niños en la escuela, nosotros trabajando en lo primero que apareció. El deseo de insertarse en la profesión sabíamos era una promesa de difícil cumplimiento, el idioma era la primera valla, pero también la competencia. Ser periodista implica el manejo del idioma y el conocimiento de la idiosincracia de la gente del lugar. Y de la historia, y de la cultura. Alguien nos dijo que sólo después de siete años de vivir aquí, podríamos tener un manejo aceptable de los elementos de la realidad. Y nosotros estábamos recién transitando las primeras semanas.
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.


