Al regreso de mi largo viaje de dos semanas, me contaron que, en los tres últimos días, el Churry había estado medio tristón. Pero cuando llegué me saludó feliz, un poco más exaltado, tal vez. Es que acostumbro ir a visitar a mi nietita una semana y esta vez, me quedé el doble.
Cuando fui a la reunión de la junta vecinal de mi querido barrio grutense “GOLFO AZUL”, me siguió como siempre, saltando y moviendo la cola, recorriendo cada rinconcito y tardando vaya a saber cuánto en recorrer estas dos cuadras hasta la delegación municipal. Cuando llegamos estuvo haciendo mimos, no sólo en mi ropa, sino también en la de los demás compañeros del barrio. Los chistes de los vecinos fueron que “estaría buscando novia”. En la foto de la reunión se lo ve, como siempre, en primer plano.
Cuando íbamos regresando al iglú, vi a unos seis o siete perros que andaban en pandilla, atrás de la perrita en celo que contaban, supuse.
Al día siguiente era la reunión en la misma delegación municipal para formar la Asociación Protectora de Animales. No lo llevé para que no hiciera papelones…
Y ahora el Churry, nuestro querido perrito, está tan enfermo…, aunque saliendo adelante de a poco. Está peleándole a la vida-, grave y triste -sentí al ver esa lagrimota en su ojo izquierdo. Lo subí a la cama. Solamente me miraba y me di cuenta que estaba enfermito porque no subió de un salto, como siempre. Lo alcé y lo acomodé a los pies, su lugarcito desde hace años, donde se ubica calentándome, como si fuese mejor que la bolsita de agua caliente que mamá nos ponía cuando éramos chicos y hacía mucho frío. Es viernes a la noche…Miré la hora… Era tan tarde que ni pensar en llamar al Colo, nuestro kerido veterinario de todos.
El Churry llegó solito a la carpa que Pablito y Evelyn habían armado en el fondo de mi patio. Era pequeño, peludo y suave como el burrito de “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. Fue en la Semana Santa de hace 13 o 14 años. Él era uno más de los tantos perritos bebés, abandonados luego de las vacaciones.
Habían tirado dos cachorros pequeños al iglú. Uno era negro y peludo; el mismo que después perteneció a una pequeña manada de seguidores que nos acompañaba cuando íbamos al mar con la hiki, mi hija menor, que tanto ama a los animales.
Ella le hablaba al Peludo, como lo bautizamos nosotras:
-Pobre Peludo… A vos no te adoptaron por ser negrito y peludo… ¿Viste cómo son las cosas…? Lo eligieron al Churry, por ser rubión y buenito.
Yo intentaba explicarle que no había sido así: lo adoptaron con amor Pablito y Evelyn, porque él había ido a su carpita. Pero cuando se fueron, después de esa Semana Santa, quedó en el iglú.
Yo sé que son cosas de la vida, medito cuando lo veo al Peludo dando vueltas por akí, cuando ya no están ni el Churry, ni Manchita, ni los gatos de entonces.
-¿Qué nombre le ponemos?- nos preguntábamos.
Y le kedó Churry nomás.
Ahora, como cada vez que salgo de su lado, se levantó tambaleante, con sus patitas flojas y tomó agua… Manchita, la perraza dálmata, sorda y callejera que llegó sola nomás, es como su madrina. Siempre lo cuidó… A veces avisándome que no había regresado, para que saliera a buscarlo.
Ahora, como había dejado la puerta de la cocina abierta, se me acercó y me murmuró algo en su lenguaje perruno. Era para que mirara que el Churry se había levantado y estaba tomando agua.
El Churry salió al patio. No se veía nada. Prendí la luz para ver dónde estaba y como al parecer estaba medio ciego, lo llamé para que se ubicara. Estaba en medio de las plantas. Mi voz le sirvió de guía para poder entrar solito, seguido por Manchita y Jantita, la gata que salta por cualquier lado, como para que no me olvide de su existencia. Parece que estuviera algo celosa de la dedicación full time al enfermito…
Vomitó en el piso. -Tengo que ponerle en el agua el gel de una hoja de áloe vera-, pensé mientras lo acompañaba hasta mi cama.
Lo tapé con aquel camperón verde que me regaló Belén, la hermana de Ayelén, mi excelente secretaria desde hace años. Me pareció que esto tenía un sentido mágico y sanador, porque allí se guardaron todos los mensajes de añares de levantarme a escribir a la madrugada, largas propuestas que nadie leyó, en el mamotretón de más de 1350 páginas.
También contenía en su trama todos los mensajes que escucharon esa noche, los perros de la calle. La noche en que el perrazo “Trotsky” fue asesinado vilmente “por simple portación de nombre”, como me dijeron una vez.
-Con ese nombre… Si le hubiera puesto “Obama”, al menos- como me dijo alguien del turraje.
Me quedé espantada de sólo imaginar que el nombre hubiera sido la causa del asesinato de nuestro perrazo inmenso y grandote, que si era perrita se iba a llamar Rosa Luxemburgo. Y como sabemos lo que cuentan las ancianas en los sueños, quienes se van, pasan a ser nuestros protectores invisibles…
Entonces me levantaba a escribir en las madrugadas, las historias que me contaba en sueños el Trotsky.
…Se bajaba de su moto de alta cilindrada a tomar unos mates con su amigo Garufa que salía tempranito en bicicleta para ir a estudiar a la universidad. Resulta que, por ser de los verdes, ecologista, vegetariano y pacifista, también a Garufa lo asesinaron, me contó Yery una vez.
Akí, en el patio del iglú, el Churry y Garufa se hicieron buenos amigos cuando estaban las alegres carpitas de los artistas y artesanos rechazados en los campings locales. Bastaba que apareciera alguien con ese aire algo hippie, con una guitarra asomando en la mochila o el largo cilindro lleno de pulseritas de macramé, para que les dijeran “NO HAY LUGAR”. Entonces llegaron akí para alegrarnos los veranos de entonces.
Después que lo asesinaron, me despertaba a la madrugada para escribir. Lo soñaba al Trotsky como un artesano metalero, un duro de corazón tierno, contándole las novedades nocturnas a Garufa, su amigo. Tenía entonces ese aire de superado, como despabilando a la gilada.
Garufa era un insomne poeta que se inspiraba en las noticias de la tele para escribir en el diario del barrio, acerca de esos temas que todos saben y callan porque conocen lo que se puede venir “cuando suena el escarmiento”, como decían los milicos en la dictadura. Así era como salían a la luz los negociados del fútbol, como cuenta ahora c5n a las 3,30hs sobre la era de makrigato y la designación de los árbitros para que asciendan los clubes de fútbol.
Mi amado camperón verde, que otrora abrigara tantas madrugadas desesperadas por revelar sus sueños a los dormidos de siempre, ahora cubre piadoso, a mi compañerito, el Churry, mientras toma un descanso para poder seguir luchando por su vida.
Lo llevé a la cama para que se durmiera tranki y regresé a escribir. En eso estaba, cuando asomó Le Pitagorité, con lenguaje inclusivo, porque es tan bello como Pitágoras, pero tan arisco que es imposible saber si es él o ella. Indudablemente es hijito de Pitágoras, mi hermoso gatito, que era el asesor financiero en estos temas… Viene a tomar leche, come del platito gatuno y después se va. Y como Pitágoras es un desaparecido, los suaves maullidos de su hijit@ me avisan que los persiguen por eso… Porque al ex presi le dicen “Gato”.
Jantita era la gatita abandonada que trajo la hiki, totalmente triste porque no la dejaron llevar su amada gata al nuevo depto. Resulta que habían publicado en un wsp de mascotas que dos gatitos necesitaban urgente un hogar.
Es una gata siete colores, súper traviesa. Como la adoptamos el 1° de enero, día de la revolución cubana, le pusimos “Guantanamera”, pero estaba tan flaca y hambrienta que después se llamó “Guantánamo”, como la infame cárcel que tienen los yankis en la hermosa isla que Guillén, el poeta cubano, había descripto como un largo lagarto verde. Finalmente, cuando vinieron las visitas y vieron correr rápido a la gatita, la bautizamos entre todos, “Jantita”, por el hanta virus, porque parecía un ratón hambriento o una cruza de gato con ratón de uno de esos experimentos genéticos que describen en el canal “Encuentro” en sus magníficas clases educativas.
Recordé la muerte del León, nuestro perrazo del Barrio Universitario de la Universidad del Sur de Bahía Blanca. Lo describí en “CALEIDOSCOPIO”, el primer libro pampeano, que escribí en 1990 con el objetivo de donar lo recaudado de su reproducción y venta para becas estudiantiles y aún sigue esperando su edición.
Como en la canción de Alberto Cortez, el músico pampeano, El León “era callejero por derecho propio”. Lo salvamos muchas veces con unas inyecciones carísimas para quitarle el veneno. Para poder comprarlas, teníamos que hacer una vaquita entre los 350 estudiantes pobres de toda la Patagonia. Cuando falleció cómo lloramos desconsolados Darío Rossi, asesinado después, como consta en el “NUNCA MÄS” y yo. Pero peor fue recordar lo que dijo entonces Víctor Oliva, el compañero chileno asesinado poco antes de mi detención.
-Yo no los entiendo a ustedes, los argentinos, que lloran así por un perro. A nosotros ya se nos secaron las lágrimas-.
Comenzaba la larga noche de la represión en Bahía Blanca.
Estudiábamos las diferentes carreras y vivíamos en las casitas y departamentos del Barrio Universitario. Íbamos siempre en grupo, como los perros de la calle, al comedor universitario, los martes al cine club y después, a los bailes del Club Universitario los sábados a la noche.
Me dormí recordando a mi gran amiga, doña Celia Centelles, que curaba los animales a distancia. Me desperté con toda la angustia de saberlo grave al Churry. Me levante a escribir a esa hora.
Serían las 23, 30 horas cuando recibí el mensaje de wsp de mi amiga sanadora… Le conté la situación grave del Churry.
-Decime su nombre y enviame una foto que le envío reiki- me respondió, solidaria.
Otro wsp me decía que comenzaba la novena de la Virgen de Fátima. De pronto recordé la fe. Ya no me sentía en esa espesa soledad que genera el asecho de la muerte. Entonces le prendí una velita a la virgen… Al rato me invadió un sueño profundo… Y al Churry también.
En mis largas madrugadas, el Churry va contándome lo que solamente los sueños explican…
Resulta que, en la noche antes de lo de las torres gemelas, fue el último recital de Michael Jackson… En Nueva York, justamente. Nunca me gustó ese chabón… Eso de blankearse la piel me resultaba espantoso. Y esos bailes tenían algo siniestro… Cada vez que escucho por la radio el programa de Dolina en la medianoche de AM 750 recuerdo a ese chabón. Ambos comparten la vibración de onda del que te jedi.
Pero entonces, de pronto, en mi sueño ladró Manchita y me despertó. Creo que me exige que recuerde algo, algo fundamental para esta noche fría y con tanto para trabajar, leer y estudiar… Porque Manchita, que falleció el día de WESAK, era nuestra bella perraza dálmata callejera, sorda pero no muda, y cuando ladraba parecía el espíritu del “León”, el perrazo del Barrio Universitario. Es igualito a la estatua del león rotario que está en la Avenida Argentina de Neuquén, cerca de la Universidad del Comahue. Por eso, cada vez que iba a estudiar allá, me acostaba al lado de esa estatua a dormir un ratito para poder seguir con las últimas materias del profesorado de Historia.
Es que era sostén de familia… El que te jedi figuraba como desocupado en mi obra social y si no lograba terminar la carrera no conseguiría trabajo en el pueblo y ya cerraba el magisterio de Catriel. Terminaba mi horario a las doce de la noche. Tomaba el colectivo para el pueblo y después… había que llegar al ranchón, siete kilómetros más por el desierto. En la terminal me esperaba mi ex con nuestro auto. Y a las 4 de la matina tenía que ir a tomar el colectivo para Neuquén
Pero una noche el auto no apareció para buscarme. Tampoco había señales de algún taxi. Me fui caminando hasta la ruta… Había salido al mediodía y era la medianoche. Pasé por la farmacia. Sabía que, si estaba Josefina, me llevaría al ranchón, siempre había sido solidaria… Pero ya estaba cerrada.
Estaba todo obscuro y los siete kilómetros para llegar al ranchón me resultaban terribles. Pero no me kedaba otra que emprender el camino. Llegué hasta no sé cuántos kilómetros y sentí que no podía seguir. Me senté en mi mochila y solamente me puse a llorar, desconsolada.
Entonces recordé “Palabras para Julia”, el poema de José Agustín Goytosolo cantado por Paco Ibáñez.
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Y más aún como la cantó Leo Orjeira, mi querido ex alumno en la Universidad del Petróleo, en el ex Mercado Artesanal de 25 de mayo el día en que Yamila Cerda presentó su libro de poemas y se cortó la luz… En la Universidad del Petróleo y sin luz… Era uno de esos días de diciembre del calor absolutamente insoportable del verano en el desierto. Hacía días que tampoco había agua. ¡En la ciudad de las regalías petroleras! me indignaba. Justo cuando Yami iba a comenzar a leer sus poemas se corta la luz. Y entonces, con la mejor onda, Leo dijo: No hay problema… Y se puso a cantar a capella, con una voz maravillosa, justamente “Palabras para Julia”. Fue mágico. Aparecieron los candelabros con velas y así leyó Yamila sus bellísimos poemas.
Y me puse a cantarla como en la cárcel. Y seguí caminando, cantándola, recordando que era sostén de familia y que tenía que llegar para ir después a la terminal para ir a la universidad. Como hago tantas veces, me anudé la trenza del lado derecho, que es el lado de la acción porque en la trenza estamos juntas mis hijas y yo… Y cantando, llegué.
“Tú ya no puedes volver atrás
Porque la vida ya te empuja
En un aullido interminable, interminable…
Te sentirás acorralada, te sentirás perdida y sola
Tal vez kerrás no haber nacido, no haber nacido.
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
Tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos…”
Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.
(Correctora de estilo: Andrea Esther Argañaraz)


