“… El sufrimiento aleja al ser humano de sus semejantes. Para separarlos levanta un muro hecho de gritos y de desprecio.
“Si no les es dado a los hombres convertirlo en un Dios rechazan a aquel que, entre todos ellos, conoció el sufrimiento en estado puro, a aquel que les ha dicho: ‘he sufrido, no porque soy dios, ni porque soy santo y quiera imitarlo, sino porque soy hombre, un hombre como ustedes, con sus flaquezas, sus cobardías, sus pecados, sus rebeldías y sus ambiciones ridículas’. Eso les produce miedo pues les da vergüenza, se alejan de él como de un culpable. Como de quien usurpa el lugar de Dios para ilustrar el gran vacío que nos espera al cabo de toda aventura.
“En verdad, está bien que sea así. El hombre que ha sufrido más y en forma distinta a los demás debería vivir aparte, solo. Al margen de toda existencia organizada. Envenena al aire, lo vuelve irrespirable. Le quita a la alegría su espontaneidad y su razón de ser. Encarna un tiempo que niega el presente y el porvenir, para reconocer sólo la dura ley del recuerdo. Sufre y su sufrimiento contagioso despierta ecos a su alrededor”.
Elie Wiesel; “La noche, el alba, el día”,
Barcelona, Círculo de lectores, 1987, págs. 238 y 239
CALEIDOSCOPIO
-¿Por qué le pusiste ese nombre? -me dice el July mirándome con cara de “y eso, ¿qué es?”
-Porque cuando era chica fue el juguete más amado. Me quedaba horas y horas mirando sus extrañas figuras, que nunca se repetían. “Porque son infinitas sus combinaciones”, decía mamá que nunca dejaba de responder un por qué. Cuando se rompió supe que eran cinco o siete piedritas de colores muy brillantes y tres espejos.
-¿A que no adivinás qué se me ocurrió, July?
-¿A que sí…? Le vas a hacer un caleidoscopio a las nenas. Pero que eso quiere decir que yo consiga los espejos y después, “ayúdame, July, que no puedo” y que yo termine enganchándome, yo que no tengo ningún interés, que no me interesa el aparato ese, el…, el…
-CA-LEI-DOS-CO–PIO-
EL PUEBLO VIEJO
«Es con mi facha de extranjero,
«Judío errante y pastor griego
«Con mis cabellos al azar
«Y con mis ojos medio abiertos
«Que hablan de mares y desiertos
«Y que te invitan a soñar.
«Así contigo quiero estar…».
Tarareo “El extranjero”, una de las canciones amadas de mi adolescencia. Tendría unos diecisiete años y soñaba con el amor. Ahora está a mi lado, durmiendo. Escribo en la cama porque si me voy a la mesa sé que empezará a extender un brazo, tocando la cama. Cuando no me encuentre abrirá los ojos y estornudará. Cómo lo conozco y amo…
Recuerdo una vieja discusión teológica, no sé bien quién era cada uno, pero fue entre discípulos de San Agustín y Santo Tomás. Uno decía “Conozco lo que amo” y el otro, “Porque amo, conozco”. ¿Qué era primero? ¿El conocimiento que lleva a amar? ¿O el amor que hace que uno se interese y conozca?
Ahora somos ambos extranjeros en este pueblo perdido en el desierto pampeano.
-¡Si está en el culo del mundo!- le habían dicho a Julio una vez, cuando lo trajeron hasta casa.
Es que más lejos del pueblo está nuestro caserón, el “ranchón”, como dijo Guadalupe una vez. “Porque es un rancho grande…”.
Vivimos en el Pueblo Viejo, que se diría no existe. No nos mencionan en la radio cuando saludan a todos los lugares donde llega la emisora. No nos tienen en cuenta para una campaña de alfabetización. Cuando me tocó hacer el censo educativo, como a todos los docentes, en sólo una parte del pueblo viejo había veintinueve analfabetos. Pero no me tocó la otra parte, la que está detrás del cementerio, donde habrá otro tanto, o más.
A mediados de año cerraron el único centro de alfabetización que había en la escuela grande del pueblo…
Julio, tomando mate, escucha cuando leo en voz alta lo que escribí.
-Pero si aquí no hay gente, ¿cómo va a haber analfabetos?
Se van a hacer dos postas sanitarias para la zona rural, una en parte de las chacras y la otra, junto al río, más lejos de donde vivimos. Pero aquí no. Es que dicen que esta no es una zona rural sino semi-rural y los que vivimos aquí somos tan pocos que bien podemos irnos caminando al hospital. Son sólo siete kilómetros de ida y otro tanto de regreso. “Todos, cuando llegamos, caminamos eso y mucho más”, es el comentario de los que viven aquí.
-Cuando Diego se lastimó el pie con ese vidrio, ¿te acordás que era domingo y no pasaba ni un alma por la ruta?
Recuerdo cuando se fue rengueando a ponerse la antitetánica. Y también cuando regresó cuatro horas después con el pie lastimado… Era una siesta de enero.
-En esa época no se bancó más esto. Al poco tiempo se fue. Poné eso también; los únicos giles que nos quedamos fuimos nosotros.
Es tan poco el caserío, tan desparramado, que uno mira a todos lados y sólo ve monte, horizonte y luz. El cura comenzó a luchar para ponerle “Don Bosco” al pueblo viejo, el año pasado, cuando se cumplieron los cien años del cura gaucho. Estábamos en el Concejo Deliberante cuando escuchamos toda la refutación de la Comisión Municipal de Cultura. Resulta que habían hecho una investigación histórica y que en esa época se había llamado “Colonia Los Viejos”. Después fue “Pueblo Viejo”, cuando al pueblo lo trasladaron al lugar donde está actualmente. Pero ahora, viniendo del pueblo, hay unos hermosos carteles luminosos que el mismo cura indicó dónde poner. La parte más allá del Pueblo Viejo. Donde estamos nosotros es “Villa Don Bosco”.
-Se salió con la suya, nomás, este cura.
-Como siempre, los de arriba dividen el pobrerío- le digo a Julio.
-Por la bola que le dan… Para todos sigue siendo el “Pueblo Viejo”.
Como dicen, primero fue el nombre, ahora, por tener tantos, no tenemos ninguno. ¿No será que no existimos? Si hasta Julio a veces me dice que éste es un pueblo fantasma, que no es más que una pesadilla. Debe ser, nomás, que todo es puro cuento.
LA LLEGADA AL PUEBLO
De cualquiera de las capitales de provincia, al pueblo se llega a las cuatro de la mañana, horario de colectivo.
Entonces, la parada estaba en el viejo bar-restorán que de día siempre tenía parroquianos frente a un vaso de tinto. Se iba el colectivo rumbo a su destino, luego de una parada de diez minutos, y el bar cerraba. Y una quedaba en la calle con frío (las noches siempre son frías, hasta en pleno verano) y sueño, sin saber qué hacer.
Mientras cerraba el bar le pregunto al encargado:
-¿Usted sabe cómo llegar al Pueblo Viejo? Voy a la casa de Doña Dora.- Así me habían dicho que se indicaba.
-Pero ¿qué calle? ¿Qué número?- Se habían reído. – M’hija, si ahí no hay calle ni número. Y muy amable me indica: – Usted tiene que ir hasta la ruta y ahí vaya caminando hasta la escuela.
-¿Y es muy lejos?
-No, serán unos siete kilómetros nomás. Antes el pueblo todo estaba allí. Aquí sólo las oficinas. Todos nos veníamos caminando.
-¿Y usted viene de lejos?- en esa típica pregunta indirecta pampeana.
-De Buenos Aires.
-Ahhh…- Y con mucha calma se va caminando despacio por la calle de tierra.
La verdad es que estaba acostumbrada a tomar un colectivo que me llevara a cualquier lado. Ahora no. A caminar o “hacer dedo”.
Faltan horas para que amanezca. El pueblo está dormido. Una imagen de tristeza y soledad. Dos calles nomás forman el centro con los negocios de ropa, con uno o dos años de atraso de la moda de las grandes ciudades. Una vez le preguntamos al dueño de una tienda:
-Decime, Turco, ¿por qué tenés ropa tan mala y al precio de la Av. Santa Fe o Florida?
-Mirá, che, yo me voy a Once y compro la liquidación de fin de temporada. Luego la vendo a plazos. Aquí todo el mundo compra fiado. ¿Cómo querés que gane, si no?
Entonces sólo veía soledad. Las calles de tierra, las casas todas igualitas, tipo plan FONAVI. Sólo algunas, muy pocas, con personalidad propia. Pero la mayoría con rosas.
-¿Cómo han logrado transformar este desierto en un rosal?
-Con mucho trabajo y sacrificio. Con años de dolor. Cuando sopla el viento, todo es sólo tierra y arena con ese ruido insoportable que no pasa nunca- me contaba una señora mientras manejaba el auto que me llevaba “a dedo” al pueblo.
Esperaba en la ruta que amaneciera. El bar había cerrado hace rato. Con las valijas a cuestas, llevaba a Guada, de dos años, acurrucada en mis brazos, medio dormida. Sólo sentía mucho frío. En la ruta está el frío y el viento, pero también los sonidos del silencio de la noche pampeana. El cielo limpísimo lleno de estrellas que están tan cerca y grandes. La luna inmensa. La luna más hermosa de todo el país. El aire tan limpio y puro. La luna tiene sus sonidos. Croar de sapos y ranas, otros bichos que uno ni sabe qué serán, sólo los siente. A lo lejos se ven las luces de la ciudad vecina, cruzando el río, iluminando un cachito de horizonte.
Cuando empieza a clarear, un estallido de luz levanta el monte. Este monte de otoño que es todo ocre y oro. Un relámpago de luz recorre el este. Al otro lado todavía es azul negro. Pero ya va clareando.
Para una camioneta. Hago dedo y el conductor detiene la marcha.
-Voy para el Pueblo Viejo. A la casa de Doña Dora, ¿Sabe usted dónde queda?
-¿Cómo no vi’ a saber? Las veces que he bailado allí. Suba que la llevo.
Apenas amanece pero ya están los chicos acarreando los chivos para pastorear. Las chivas cruzan lo más campantes la ruta. Cuando les tocan bocina, miran y van caminando más despacito aún, como tomando el pelo.
-El Pueblo Viejo…- dice un letrado del pueblo -Los que viven ahí son unos vagos. Crían animales porque es más fácil. Lo que pasa es que no les gusta trabajar.
Miro a los chiquitos. ¿Cuántos años tendrán? ¿Ocho? ¿Nueve? A la madrugada ya están llevando los animales a comer.
Más adelante, en la ruta, una mujer está parada con cinco chicos, todos apretujados, con cara de frío y sueño.
-Están esperando la camioneta que los lleve a cosechar tomate- me explica el conductor.
-Pero ¿van todos? ¿Los chicos también?
-Es la única época del año en que se puede ganar dinero.
-¿Sabía usted que está prohibido por las Naciones Unidas el laburo de los chicos?
-Pero es que no figuran los niños. La que cobra es la madre. Pero si no van los chicos ¿sabe usted qué poco ganaría ella sola?
-¿Los de aquí saben que los chicos no deben trabajar?
-Todos los saben, los que mandan también.
Son dueños de chacras. Y también tienen tomate.
En el pueblo, en sus camas, con colchón, sábanas y frazadas, calefacción y juguetes duermen los niños. Aquí están otros niños. En la ruta, a la madrugada, trabajando.
Este es el Pueblo Viejo.
-¿Te acordás de aquella época?- Julio me pasa un mate.
-Ahora hay asfalto y terminal.
-¿Y la propaladora?
-Me causaba tanta gracia escuchar esa especie de radio del pueblo. July, ¿Cómo funcionaba la propaladora?
-Eran parlantes en distintas partes del pueblo.
-Uno iba caminando mientras escuchaba música y noticias pueblerinas, en todos lados simultáneamente.
-También aquí se progresó. Ahora tenemos la radio.
-¿Te conté, July, que le dí a papá el número de teléfono de la radio para que me envíen el mensaje?
Siempre que se ríe, primero se le van achicando los ojos, que le brillan mucho más y después la boca se abre grandota en una carcajada.
Mensaje para Lucía del Pueblo Viejo: que vaya a buscar a su hermana a la terminal”. La voz en off como locutora de la radio. Llega ella y me voy yo.
-Qué gracioso, ja, ja.- No me causa nada de risa. Siento las mandíbulas que se me endurecen.
-No te olvides de poner que el cura se gastó miles de australes en un montón de ladrillos para la capillita del Don Bosco- agrega Julio cuando le leo el manuscrito. Pero yo le digo de frente, nomás:
-Dígame, Padre. ¿No hubiera sido mejor que al Don Bosco lo metiera dentro de un refugio? Así los chicos que esperan tanto tiempo para ir al comedor estarían reparados del frío en el invierno, del calor en el verano y del viento en el otoño, invierno, primavera y verano. ¿No cree que el Don Bosco estaría más feliz que ahí dónde lo puso, rodeado de alambres de púa?
-Sí, hijo, podría haber sido.
Me lo imagino al cura, gordo, con el aire inconfundible de muy bien comido y conocer los placeres de la gula. A Julio lo escucha. A mí no me mira. Pero es que él lo encara nomás con una gran sonrisa:
-¡Qué tal, padre! ¿Cómo le va?
El hecho de que sea capellán de la policía me hace mal. Me lo imagino pasando secretos de confesión o de chusmerío de pueblo a la policía en la época de la represión.
(continuará)
Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.


