(viene de la edición anterior)
25 de Mayo (Viejo), La Pampa, enero de 1990
Querida Laura:
Hace unos diez días le escribí a tu mamá. Pensaba enviarla certificada con aviso de retorno pero fue imposible por el aumento del correo y nuestros ingresos siempre igual: sube todo menos el salario.
Como le contaba a ella y a Guille, estoy embaladísima escribiendo una novela. La escribo con todo entusiasmo, pero a veces me agarra el bajón, que esto no va, que está flojo, entonces paro y me dedico a ordenar la casa. Que te podés imaginar que no es la tuya. Me quedé enamoradísima de la onda que le has dado a tu casa. Me hizo recordar la que tenían en Córdoba, con Rodrigo, cada rinconcito con su detalle de belleza y paz.
Como aún no sé si largarme a una novela con todo el pasado o dejarla aquí, en lo que está sobre este pueblo, nomás, estoy medio bloqueada.
Como te contaba allá, si hay algo que me resulta rayante es la escuela. El problema, como yo lo veo, tiene dos puntas. Por un lado las charlas de las maestras giran en torno a los chismes del pueblo, de una chatura total como podrás imaginar (aquí me siento yo misma una chismosa cuando te lo cuento). Una vieja directora me dijo que en todos los pueblos es así. Puede ser porque esta es mi primera experiencia en un pueblo parece que no pasa nada. Pero todo es una tensión contenida. Como un volcán, se siente el bramido. A veces se empieza todo a mover, con esa especie de temblor que anuncia que el volcán va a estallar y después, nada.
Para que te des una idea, cuando recién llegamos, ya estábamos viviendo aquí en pleno campo, estaban aún algunos de la cooperativa. Una vez fueron al pueblo Julio y Diego (el cineasta que después dejó todo), a vender artesanías para comprar algo para comer. Cuando vinieron contaron que en el pueblo había un revuelo bárbaro, que había desaparecido la mujer de un portero, que se comentaba que se había ido vaya a saber con quién, dejándolo a él y a los chicos, tan chiquititos, qué mujer era esa, etc., etc.
A los pocos días se encontró su cadáver en el río. Se había suicidado. Nunca voy a olvidar eso. Me imaginaba la desesperación de esa mujer. Porque hay que ser realmente muy valiente para suicidarse. Hay que tener tanto coraje…Porque es luchar contra el instinto más fuerte, que es el de la vida. La imaginaba frente al río, como Alfonsina frente a las aguas, pensando en sus hijos, en su pareja, dudando si sumergirse o no en las aguas. Estoy segura que recordó el pueblo, que no valía más la pena vivir aquí así. Y eso la decidió. Ya hacía calor, así que el Colorado que en el invierno es un hilo manso de agua, en el verano es una masa ensoberbecida, encabritada, con las aguas agitadas siempre en torbellino. Cuando se tiró al agua, me imagino golpeándose contra las piedras, antes de morir.
Es que este es el desierto, Laura. Nosotros aún estamos en él, porque no ha llegado hasta aquí el agua por los canales de riego. La zona de chacras es bellísima, como las del Alto valle, como la Mendoza que vos conocés. Esas chacras que ahora producen todo tipo de frutas y verduras.
Aquí, como era antes de las chacras, todo es sal y piedra. Si vos vieras como se ve la tierra blanca por la sal, y donde nada crece salvo el monte. Nosotros plantamos ya de todo: maíz, papa, ajo, cebolla, acelga, lechuga, perejil. Nada creció. A fin de año me regalaron semillas de girasol que planté frente a nuestra ventana: imaginábamos levantarnos y ver esas flores amarillas tan hermosas (tipo “los girasoles de Rusia”); hasta le pusimos un espantapájaros. Fue lo único que quedó entre los loros, las hormigas, los chivos de los vecinos, o pueden ser las gallinas nuestras. Nada, ni rastros del girasol que plantamos con Guadalupe y cuando hacíamos el pocito, Raitrai tiraba las semillas.
Nunca voy a olvidar, cuando vos me decías que esa imagen bucólica del campo, que a veces escuchábamos en las canciones, no tenía nada que ver con la realidad de los campesinos.
Pero a mí me gusta el monte. Es la imagen de la libertad. Puro horizonte por todos lados, mucha luz, y crece lo que se le canta a la naturaleza, donde y cuando ella quiera. Cuando comienza el verano, el suelo se llena de unas flores diminutas color oro, las margaritas del más amarillo Van Gogh, te diría. Hemos querido trasplantarlas a macetas, aún con el pan de tierra y se secan. Es que hasta las flores son libres aquí. Yo voy reconociendo por dónde hay agua, porque entonces las flores son lilas o rosadas. Una vez viajamos a Viedma invitados por la Dirección de Cultura para el encuentro de artistas plásticos. Cuando caminábamos por la orilla del río Negro nos quedábamos extasiados ante la vegetación exuberante y las flores azuladas. Aquí, en pleno desierto, las flores son siempre amarillas.
Bueno, como de costumbre me voy del tema. El otro punto sobre la escuela es que creo que se tiene que dar un cambio dentro de ella. Porque leyendo las revistas “Uno mismo”, me doy cuenta que toda la onda de libertad, creatividad, actividad corporal, música, etc., está en las escuelas privadas, que deben ser carísimas. No puede ser que la mayoría de los chicos del país se críen en un ámbito que en vez de “formarlos”, como dicen los currículos, los deforma. (Recuerdo apenas el latín, las leves nociones que me quedaron “curriculum” singular, currícula, plural). Lo peor es que hay muchas maestras con buenas intenciones. Aquí el promedio de edad de los docentes en la escuela primaria es de 30 años. Quiere decir que no es el problema maestro vejestorio. No, es la propia formación docente. Tenemos que formarnos nosotros primero, porque no es casual que nuestros sueldos sean los menores, que se vaya avanzando en la privatización de las escuelas, que seamos el último orejón del tarro. El cambio tiene que venir de adentro. Si vieras cuántas vocaciones son ahogadas por la burocracia, el exceso de trabajo, las amarguras por el poco sueldo.
Se puede conseguir la Escuela de Psicología Social si siguen los mismos requisitos que puso quién la creó, Pichón Riviere. No era necesario ni siquiera título secundario, porque hay docentes y enfermeras con sólo primaria, abierta a todo el mundo, etc. Traer la Escuela de Pichón sería genial. Como así mismo cursos de expresión corporal, biodanza o algo así que nos afloje un poco.
Laura, te vi tan bien, hermosa, con ganas de hacer. Ya sabés que me encantó tu casa. Creo que tengo que llegar algún día a ser una virginiana así, como vos, que llenás de calidez, belleza, plantas y paz cada rinconcito. Siempre recuerdo esa notita que me dejaste un día sobre la mesa, que no dejara esos rastros de yerba o ceniza. Ahora estoy tomando mate y fumando. Tengo una bandeja que tendría que pintarla bien pero igual es un despiole, la carpeta con los manuscritos de la novela todos sueltos, encima de la mesa las hojas de la carta. En realidad creo que el secreto es asumirnos tal cual somos.
Anoche soñé que subíamos una colina con el cachivache y ahí nos quedábamos. Pero el camino era por otro lado, atrás de unas montañas muy altas. Me desperté con la idea que tengo que seguir con la novela por otro rumbo. Resulta que sólo voy uniendo manuscritos viejos y algunas cosas nuevas. Parto de nuestro presente, aquí y ahora, en este caserón en medio del campo, recordando los seres queridos y el pasado.
Si me quedo sólo en este pueblo, está casi lista. Pero no aún si voy más a fondo. En realidad es tratar de encontrar las causas de la locura, de mi propia locura. Como es muy doloroso, no me animo.
Te mando algo de lo que escribí sobre el tema para que me des tu opinión. La idea es tratar de sacar las heridas al sol para que cicatricen y se hagan pasado y pisado. Porque me di cuenta que de todos los tabúes, el más fuerte es el de la locura. Esa terrible lucidez de los locos, y esa horrible incomprensión de los cuerdos que justamente tratan de acallar esas verdades. Los locos, como los chicos, dicen lo que otros ocultan.
“Está loco, mirá lo que dice.”
El problema es que una cosa puede ser una reivindicación de la locura como una postura piola, medio intelectual y otra, muy diferente, es ir sumergiéndose en ese abismo de dolor inconmensurable. Siempre pienso en la locura como en un océano del propio inconsciente. Como si se rompiera esa censura interna, esa doble frontera de represión que separa al ello del yo en un esquema freudiano.
Mis sueños más locos son los de un mundo sin cárceles ni manicomios.
Recuerdo la U20, esa unión de cárcel dentro de un manicomio como una aberración. Que aquí, en la Argentina, en pleno Buenos Aires, exista algo así. Que existió cuando yo estuve y que seguro sigue existiendo aún. Como esas horribles cárceles, de la Rusia que prohíbe (prohibía según parece, perestroika mediante) el disenso. Si vos te ponés a pensar lo que significa que la persona que se enloquece por estar presa, que sería lo más cuerdo: enloquecer de no tener aire, luz de sol, pésima comida, hacinamiento, etc. Bueno, que quien enloquece esté justamente en una cárcel donde sólo te den pastillas y pastillas (y represión).
A veces me pregunto qué me habrán dado en ese cóctel cotidiano de medicación. Si después de estar casi tres meses en una pieza sin agua siquiera, (cuando ya se sabe que la medicación psi da sed), únicamente un jarrito cuando traían la comida, que tenía tanta sed que me tomaba el pis, sí, la orina. Que me sentaba en posición de medio loto, sin saber nada de yoga, nada más que porque era la postura que menos contacto con el suelo frío tenía. Que me dediqué a estudiar la conducta de las cucarachas (ahora me río porque pienso qué cosa más loca, pero siempre hay algo para estudiar). Creo que te conté que había una rejilla, y por ahí aparecían las cucarachas. Al comienzo me daban un asco bárbaro, las mataba y siempre aparecían más. Un montón de cucarachitas chicas. Un día me puse a pensar que se reproducían por el instinto de conservación. Entonces dejé de matarlas. Quedaron dos o tres, no recuerdo bien, que se hicieron grandotas, de un color ciruela, gorditas y brillantes, entraban y salían en paz por su rejilla y no apareció más ese montón de cucarachitas hijas.
Mirá si estaría más loca que una cabra, que llegué a tener tanto amor por todo el mundo, hasta por esos pobres carceleros que creían que ése era su deber. Era cuando cantaba de Violeta Parra, otra mina superloca que amo:
VOLVER A LOS DIECISIETE
Lo que puede el sentimiento
no lo ha podido el saber,
ni el más claro proceder,
ni el más alto pensamiento.
Todo lo puede el momento
cual mago condescendiente
nos aleja dulcemente
de rencores y violencias.
Sólo el amor con su ciencia
Nos vuelve tan inocentes…
El amor es torbellino
de pureza original
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino
detiene a los peregrinos
libera a los prisioneros.
El amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño
y al malo sólo el cariño
lo vuelve puro y sincero.
Y la Violeta que cantó esto, cómo pudo llegar al dolor máximo de cantar luego:
MALDIGO DEL ALTO CIELO
Maldigo del alto cielo la luna con sus reflejos maldigo los azulejos destellos del arroyuelo. También lo blanco y lo negro, lo claro y lo perfumoso. Maldigo hasta lo estrelloso Cuánto dolor será mi dolor…!
Recuerdo que sentí que iba a terminar ese calabozo y también la cárcel cuando en mi corazón sólo hubiera amor. Terminó primero el calabozón (tres meses y medio). De ese tiempo con las presas locas solo recuerdo los diálogos cuerdos, una que me decía que el yoga planteaba llegar a ese estado de máximo amor y paz, que es el Nirvana de los budistas. Supongo que terminó la cárcel porque me deben haber considerado totalmente loca inofensiva.
De ahí, encontrarme con un Buenos Aires de violencia cotidiana y alienación es ya otra historia.
Bueno, se levantaron las nenas y Julio. Entonces ya es hora de terminar. Espero tu respuesta con una noción crítica, que la crítica más aguda es la virginiana (lo sé por experiencia).
Ya lo estamos haciendo pasar a máquina. Nos sale bastante caro, pero no hay otra, no tenemos máquina de escribir y además ninguno de los dos sabe dactilografía como corresponde. No sé cómo haremos con la impresión. Creo que una vez que todo esté listo, habrá que recorrer editoriales y todo eso. Debe ser como buscar trabajo. Que regrese luego, que si… Qué interesante, cualquier cosa le avisamos por teléfono.
Laura, un gran abrazo de quien siempre te superama y respeta. Me quedé pensando lo que me decías la otra vez, el respeto por la coherencia entre pensar y obrar. Así te siento a vos”
Un pueblo chico debe ser lo mismo en un barrio de gran ciudad, corren los chismes y calumnias de una manera impresionante. Recuerdo haber visto algún capítulo por televisión de una serie “La caldera del diablo”, que no la soportaba justamente por eso. Aquí siempre.
Hace un mes que escribo cartas y aún ni una sola respuesta. Siempre me queda la duda si el problema es que no llegan las cartas o que los que las reciben son unos fiacas para contestar o que una es demasiado ploma al escribir.
(continuará)
Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.


