(viene de la entrega anterior)
En el mar, al comienzo fue dolor, la angustia que surge y me oprime. Me cierra el pecho y queda luego encerrada en la nuca, los hombros contraídos, duros, el cuello insoportablemente rígido y dolorido.
No me queda otra que bancármela. Es mi karma, tengo que superar este dolor de llegar y atrás uno que se toca la napia y aquí otra respuesta igual.
Camino por el mar y es una orquesta. ¿Director?
-¿Sabes qué pasa?- le digo a la flaca del mar -que es mi aprendizaje. Si lo que escribo no llega falla el mensaje. Fallo yo. Tengo algo que aprender. Cuando regresan los flacos de pronto cambió el movimiento de la sinfonía. De un día para otro no es más la nariz. Ahora es el pelo.
Todos, simultáneamente. Es arreglarse con gracia un mechón.
Ya los miro con ternura. Los adolescentes casi mis hijos, los bellos, los gráciles, los alegres, se arreglan a coro, todos a una Fuenteovejuna.
Pasa uno adelante, mira, se alisa el mechón, se acaricia la cabellera, y donde voy, hay tres o cuatro, cinco, diez, cientos de pelos arreglados al mismo tiempo. Ya me invade la bronca.
Leo en la playa, devoro, engullo, me atraganto con Krishnamurti y el sentido de la educación. ¿Decime, loco, vos que la sabías y la sabés porque estás aquí, en tu libro y tu onda? ¿Qué carajo hago? ¡Vladimir Ylich, qué hacer? Más que a vos, Lenin, pienso en vos Vladimir Ylich, el pedagogo del análisis de los aparatos de reproducción ideológica del sistema, la escuela, el hospital, la cárcel y el manicomio.
Foucault y las clases de filosofía con mil horas sacudiéndome las neuronas oxidadas por la cárcel y la tristeza y el dolor. Ya sé que la familia, Engels, pero si la familia, ¿Cómo cazzo llegás a la familia? Si cada familia es un mundo, y los de afuera son de palo y los dichos populares, jodidos, fiel reflejo de la ideología del no te “metás”.
Y si la sociedad que es demasiado grande ¿No lo probamos acaso y no pudimos?
Como en España en la época de la guerra civil, que estaban las condiciones objetivas de la revolución. Y después minga, después fue Franco.
Si me acuerdo como si fuera hoy de ese análisis de la estrella sino de la comba, de las condiciones objetivas estaban, que pauperizaron progresivamente, que la agudización de las contrataciones.
Eso era en el ’75 antes de agosto.
Y el colectivo siempre gris, verde pasto, salado, verde sampa grisácea, verde pichana brillante, verde deslucido de la chilca, caminos de Catamarca con mil distintos tonos verde, un pueblito aquí, otro más de allá y un camino largo que baja y se pierde.
Así cantaba yo feliz con mi universidad hasta el ’75.
55-75, veinte años no es nada.
O eso de volver a los 17 después de vivir un siglo.
Y volví a mis 17 y también en mi calabozo, donde ni agua, orín, de la cárcel manicomio.
Se lo cuento a la flaca y de pronto yo también me paraniquéo, le miro los labios finitos.
-Negra- dice siempre el July -si hay alguien en quien no confío ni así es en la mina con labios finitos y los ojos para arriba, como los chinos.
De pronto tomo conciencia de sus labios finitos y me cierro.
-¿Y si…?-.
Y el karma, al momento, el flaco genial de la boca sensual me mira y se cierra, rígido.
La paranoia. El miedo. La paranoia de miles, de millones. Mis miedos.
Los miedos que inventamos
nos asustan a todos…
Canta la tana Rinaldi de Eladia Blázquez en mi bocho, mientras el bondi recorre los caminos verdeazules no de Catamarca sino de la planicie inmensa, uniforme, nada de nada.
Miro el desierto y siento que no puede ser que ame este desierto.
El viento ondula el pasto puna. Es solo una energía la que recorre el desierto.
Es toda una la energía de la paranoia.
Porque en el miedo estamos
Juntos codo a codo
Por temor que nos roben
El amor, la paciencia
Que sepan que ganamos
A sudor y a conciencia
¿Qué mierda hago en este desierto?, lo miro y me pregunto.
Si yo conocí el mar y amé el mar.
Y zás, de golpe, como aquella noche, el valle, el desierto y el horizonte inmenso y la onda cósmica donde sos todo uno con el universo. Que sos parte de la tierra como el pasto y las hormigas.
Pero que mirando el cielo, el atardecer rojo, que a tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino, pero con tus atardeceres de desierto, Joan Manuel, no los tuyos de mar, sin, antes del ’75, los de mar de la única playa donde se pone y amanece el sol sobre el océano.
Pero mis ojos se llenan de tus atardeceres de desierto en llamarada.
Si usted conoce el sur
Y piensa que es un desierto
No conoce La Pampa
¿No ve mil barcos veleros…?
Cantaba el poeta pampeano añorando esta pampa en el exilio.
Y en el suelo mirando las estrellas y la luna.
-Y dale, July, vamos a dormir afuera-.
El auto se había roto en plena planicie. Y ya al atardecer estallaba en el incendio de los rojos mas intensos.
Yo el otro lado, azul casi violeta, brillante viene la noche.
-Yo también quiero dormir afuera con vos, mamá- dice la Guby.
Pero primero se van al auto Guada y Raitrai que en ningún momento salió.
-Mirá, Negra, esto será muy romántico, pero el auto es mas seguro. Esto es un descampado y nosotros no conocemos nada aquí.
Me envuelvo con las sábanas respirando todo el aire, con todas las ganas. Y volver a los 17 cuando no podía dormir dentro porque me faltaba el aire y entonces, después de hacer el amor en la playa horas y horas, era de salir a dormir, o al menos adentro de la carpa pero la cabeza afuera, sobre la arena.
Hasta que cae la cana.
La cana.
-Levantesé, la policía.
Miro y me veo rodeada de seis o siete policías. No puede ser. Es una pesadilla. Otra vez la cana.
Miro hacia arriba, el cielo y me digo no me van a romper otra vez mi sueño. No les doy bola.
-July -le tiro la pelota, golpeo la ventanilla del auto y lo veo durmiendo tan cansado- aquí esta la policía.
-¿Qué?, ¿qué?-.
Pobrecito, lo veo despertar y siento, el también, que es otra vez la pesadilla.
Yo en bikini nomás trato de envolverme con la sábana para subir al auto y ni mirarlos siquiera.
Subo al auto y miro el cielo y duermo.
Morfeo, mi sueño, devolverme a mi sueño cósmico de que todo es uno, que la tierra, el cielo, el universo.
Pero la cana y ya todo se separa, se disocia, se divorcia, se divide, se endurece que los buenos y los malos, el amigo, el enemigo.
-Señor -al july-, que dice que el único señor esta en los cielos-.
-Que aquí no se puede, que hay asaltos, señora, hay alacranes.
-Se nos rompió el auto, mire tengo dos criaturas ¿no ve?. Mire el bidón conectando la nafta.
Lo veo valiente, mi hombre.
Valiente y fuerte con su cuerpecito flaco y débil.
Es la fuerza y el valor de su corazón abierto de tanto amor.
(continuará)
Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.
(Cuadros de Marc Chagall)


