El sentido común: el menos común de los sentidos
El título convertido en una etiqueta ya tan gastada que hasta parece más un cliché que una reflexión con algún valor, es un ejemplo de los absolutos que han perdido capacidad normativa, que se han relativizado y a la vez personalizado al punto de poder ser utilizados para justificar conductas que siendo contradictorias reclaman estar ajustadas al mentado sentido común.
En este caso el absoluto caído es el concepto de “verdad” que sustenta al sentido común -el sentido común no es otra cosa que un juicio que se supone responde a las evidencias- y no es que su caída sea reciente, la discusión conceptual de su significado al interior de las ciencias sociales es de larga data.
Cuáles son las conductas correctas y cuáles no lo son y, en consecuencia, el sentido o la motivación de las mismas, es un debate que viene desde la antigüedad griega clásica desde donde pasa a la Europa Escolástica y de allí al pensamiento anglosajón; sin dejar de mencionar a los pensadores latinos como Cicerón y Séneca.
En otros términos, lo que creamos que es el “buen sentido” -como lo calificaba Aristóteles- está todavía en discusión 2400 años después de él.
En esta reducidísima introducción ya tenemos al menos tres temas relacionados entre sí: “el sentido”, “la verdad” y “la extensión de su aceptación: ¿común a cuántos?” y son por demás nutridas las bibliotecas a explorar para ellos.
Cómo sea que fuere la cuestión, una preocupación común de los académicos es ¿de dónde sale?, ¿cómo se construye este “sentido común”? Se dice que sus fuentes son la experiencia, la observación y la tradición, lo que -en verdad- no responde ninguno de los temas implícitos en el que señalamos anteriormente.
Los estudiosos en el campo de la cognición ya se convencieron -mayoritariamente- que para los humanos “la realidad es lo que cada uno cree que la realidad es”.
Por tomar algunos ejemplos, desde Giambattista Vico (1668 – 1744) para quién su senso commne: “Es un juicio sin ninguna reflexión individual…” -sentencia con raíz en los pensadores latinos-, pasando por el “Common Sense” de los anglosajones, y el desprecio por la doxa de Pierre Bourdieu, hasta Niklas Luhmann (1927 -1994) para quién, desde la teoría de los sistemas sociales “la verdad es una convención social”: lo que sea la verdad y su sentido y cómo se generaliza seguirá en discusión.
Engrosan lo que habitualmente llamamos “sabiduría popular” que es otra forma de referirnos al sentido común un sin número de sentencias:
- Al que madruga Dios lo ayuda.
- Más vale tarde que nunca.
- El que sabe, sabe y el que no es jefe.
- No hay un manso para acollarar un chúcaro (¿escuchaban ésta a los abuelos?
En fin, la serie es infinita y hay para todos los aspectos de la vida, en todos los contextos y en todos los tiempos. Su importancia es motivo de estudio de la antropología, la etnografía o la sociología y podría no ir más allá que encontrar explicación al funcionamiento de los grupos humanos. Pero cuando estos grupos comenzaron a definir en forma colectiva como se reparte el poder, la cuestión tomó otra relevancia.
Para los padres de la Sociología ya es todo un tema. Para Durkheim hay una estructura que genera “hechos sociales” que condicionan la subjetividad, para Marx hay una superestructura que determina condiciones de sumisión que permiten la apropiación de la plusvalía, para Weber existe un sentido mentado de la acción social que hay que encontrar.
Tenemos una multiprocesadora con la religión, la política, la ciencia y otros aderezos adentro. Con la revolución tecnológica y el uso de ella por los medios de comunicación todo se complejizó aún más.
Lo constatable es que este sentido es cada vez menos común. Por un lado, la urbanidad consumidora de los medios, cuasi monopólicos en todo el mundo, por otro, con un impacto transversal socialmente hablando, las redes y sus productos que se multiplican todos los días.
En síntesis, el sentido -que ya no es común- está en disputa y en este escenario solo hay sentidos segmentados en grupos de interés, en donde -vaya paradoja de la modernidad- hemos vuelto al principio de verdad de la edad media escolástica: la autoridad de quién dice qué. Es verdad si lo dice fulano o mengano según gusto personal.
Dicho esto, la pregunta obligada es acerca de ¿si queda y cuál sería un sentido que pueda pretenderse socialmente generalizado? Tal vez, con los que adhieren a la teoría de que sufrimos una crisis civilizatoria -de ésta civilización que es la que conocemos, podríamos decir más adecuadamente, de la modernidad nacida en Europa- el único sería el instinto de conservación individual, que por imperio de la naturaleza sí es un sentido realmente común para el género humano.
Mientras escribo estoy escuchando a Alfredo Cornejo en la tele echándonos la culpa, a los más de 12 millones de ciudadanos que votamos por el actual gobierno, de las tribulaciones psicopáticas que le generan sus frustraciones políticas; a su pensamiento él lo llama sentido común.
La historia reciente de nuestra América demuestra que el poder de la superestructura que teorizó Marx, la hegemonía que teorizó Gramsci, el poder de los medios de comunicación como explicación, la ética racional de la acción comunicativa de Habermas, etc., entre otros esfuerzos por desentrañar el acontecer social y consecuentemente el o los sentidos sociales, están en cuestión. No porque hayan estado equivocadas, sino porque el contexto social ha cambiado sustancialmente y ya no alcanzan como teorías explicativas con aspiración de universalidad y sólo son aplicables parcialmente.
Las ciencias sociales hoy plantean que estos sentidos que expresan simbólicamente a segmentos de la sociedad responden a la necesidad de autorepresentación -en otros textos me he referido a esto como lo tribal que permanece en nuestro ADN- y en este sentido Vico tenía razón, no hay reflexión individual, es el efecto manada.
Un denso capítulo aparte es la manipulación de este fenómeno que hacen los medios de comunicación, la política, las grandes tecnológicas (Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp, Pinterest, Snapchat, Tik Tok, etc., etc.)
Los que puedan no dejen de ver en Netflix el documental “El dilema de las redes sociales” (para los que no tengan -como yo- algún hijo, familiar o amigo que les pase la clave, les dejo un link para que puedan verlo:
https://drive.google.com/file/d/1tC7r7mmCOM4qbC2SkaUhp9RtlCTXE9tF/view?usp=sharing
En síntesis y de acuerdo con el pensamiento de Niklas Luhmann, lo que llamamos sentido común no es otra cosa que un modo de afrontar, con una especie de sentimiento de certidumbre justamente aquello que no la tiene, el riesgo, que es la característica predominante en la sociedad actual y el riesgo, según este sociólogo, es conectar una decisión presente con un futuro incierto. Si no se toma una decisión podría acaecer un daño, pero también el daño podría ser consecuencia de la decisión.
El “sentido común” nos da una excusa, una razón, una justificación para dar el paso y abordar el miedo que genera la incertidumbre existencial.
Columnista invitado
Norberto Rossell
Para muchos de los ’70 la política -y el amor- nos insumió más tiempo que el estudio sistemático: dos años de Agronomía, un año de Economía, un año de Sociología. Desde hace años abocado -por mi cuenta- al estudio de la Teoría de Sistemas Sociales de Niklas Luhmann. Empleado Público, colectivero, maestro rural, dirigente sindical, gerente en el área comercial en una multinacional, capacitador laboral en organización y ventas. A la fecha dirigente Cooperativo y Mutual. Desde siempre militante político del Movimiento Nacional y Popular.


