En el día de la tierra, la tierra lloró
y sus lágrimas llegaron torrencialmente al mar.
Lloró la tierra por el incendio
que devoró impunemente las miles de
hectáreas del bosque nativo
del Bolsón y Lago Puelo
y todos los años se esperan las medidas de prevención
prometidas en cada elección.
Lloró la tierra por las avecillas,
los animalitos del bosque y las mascotas.
Lloró con las lágrimas de los residentes
de la comarca andina
que sienten que todo ha sido una vendetta
por su lucha pertinaz
contra la minería extractivista y los negocios inmobiliarios.
Lloró la tierra
por cada feminicidio,
uno por día, ya.
Lloró por los niños presos y amordazados
por el encierro carcelario de la pandemia
mientras los políticos los tienen como rehenes
de la escolaridad.
Lloró la tierra
por los ancianos que sienten sus derechos
pisoteados después de toda una vida dedicada a los demás.
Lloró la tierra por los jóvenes que ven su futuro
dependiendo de los mercachifles de las vacunas.
Lloró la tierra por tanto “terricidio”,
por tanta violencia contra la naturaleza, la vida,
las personas, los animalitos de dios,
las montañas taladradas con explosivos
para buscar el oro y el uranio,
contaminando las aguas, el mayor tesoro de la humanidad.
Lloró la tierra
y sus lágrimas llegaron en esta lluvia torrencial
que hizo caer el acantilado grutense
en el día internacional de la tierra.
Y la asamblea por la tierra y el agua
transmutó tanto dolor en arte,
como en bellos murales grupales,
en niños leyendo leyendas de los pueblos originarios,
en poetas compartiendo sus palabras,
en trueque de plantas y semillas.
Y así, pacíficamente, van avanzando
las mujeres de las diferentes etnias
para llegar a la capital.
Porque dios está en todas partes,
pero atiende en Buenos Aires.
Sembrando esperanza
en la lucha por los derechos de la tierra
la Pachamama, la Ñuke Mapu,
que nos alberga y cobija a todos
en este caminar por la vida.
Por el Día Internacional de la Tierra
leído en la Asamblea por la Tierra y el Agua
Las Grutas, Río Negro,
23 de abril de 2021.
Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.


