(viene de la edición anterior)
A fines de noviembre voy con Guadalupe a la escuela, bien peinadita, con sus dos colitas. Estaba hablando con la secretaria cuando veo que se rasca. La mina la mira y frunce la nariz. Sigo su mirada y en la raya veo un insecto negrísimo. Salgo afuera y se lo saco. Un bicho con muchas patitas. Lo aplasto entre las uñas y le sale sangre.
Ahí comenzó este infierno. Llegué a casa y la revisé con el peine piojero. Tenía seis. Me revise yo. Nada, tampoco Raitrai, Julio ninguno. ¿Habrá sido por usar el mismo peine? ¿O porque en esos días no teníamos vinagre? El último que nos quedaba lo usó Julio para hacer pickles de zanahoria que nunca comimos porque escuchamos por la radio que cada gota de vinagre mata no sé cuántos glóbulos rojos.
A lo mejor fue ese día que Guada se quedó jugando con las nenas de Teresa. Cuando hubo baño general, se bañó ella también, que ama los baños azulejados y la ducha con agua bien caliente.
-Me lavé la cabeza, mamá -me contó feliz.
-¿Te peinaste allá? -le pregunté recordando la historia de las alergias.
-Sí, me peinaron las nenas. Jugamos a la peluquería.
Entonces había desaparecido la peste de la casa de Teresa. No sabía, como ahora, que pueden vivir hasta un año entre las ropas.
En esos días Julio compró un champú de litro berretísimo en una oferta.
-Lo único que falta es que piensen que era un champú con piojos. Y resulte que termine yo con la culpa de todo- fue el comentario.
Fui a la farmacia y compré el champú y la loción de la propaganda. No sabía que lo podía cubrir con la obra social y salió carísimo. Supuse que en dos días se iría todo. Herví toda la ropa de Guadalupe y así arruiné una camperita tejida al crochet blanca, impecable, que quedó una cosa arrugada y amarillenta asquerosa. Las sábanas rosadas con algo de poliéster, las únicas hermosas, se arruinaron para siempre y al poco tiempo se rompieron en jirones.
-¿Qué le pasa a Guadalupe que no vino a la escuela?- me preguntaron las maestras. -¿Está enferma?
-Tiene piojos. No la mandé para que no contagiara a los chicos.
Las maestras se rieron a carcajadas.
-Tendríamos que cerrar la escuela… Si están todos llenos de piojos.
A la semana, nuevamente, Guadalupe se rasca y rasca la cabeza. La reviso como todos los días, al sol, con el peinecito. Otra vez, dos bichos ahora. Comienzo con el champú y la loción todos los días. A la noche loción; a la mañana, champú. En esos días me explican que se conoce al piojo por las liendres, que son los huevitos.
-Parece caspa, pero si se sopla no vuela -me explica Teresa.
Le pido a Guadalupe que me revise, Julio no las ve. Ni le interesa, tampoco.
-Mamá, acá tenés liendres -me señala Guada.
-Soplá a ver si no es caspa.
-Soplo y soplo pero no vuela.
-¿Estás segura, Guby?
-Son liendres, mamá.
Después comienza la picazón.
-El de la propaganda no sirve- había dicho Teresa.- El doctor me recetó otra.
Se lo pido al farmacéutico.
-¿Usted sabe que esto es DDT puro? Es muy tóxico.
-Me dijeron que era el más eficaz. Que por eso lo usan las compañías petroleras que algo deben saber.
-Justamente. No creo que les importe demasiado que el DDT altere el código genético y no se elimine del organismo.
Le pongo a Guadalupe el DDT y después le enjuago el pelo con vinagre. En la coronilla se le empieza a caer el pelo. También en las sienes. Pero siempre encuentro piojos. Ya tenemos todos, menos Julio, que se ríe de nuestra preocupación.
-Mirá esta mina- le comento mostrándole una revista.- Tiene imán en las manos, todo le queda pegado.
-Y vos de qué te quejás- Julio ya está riéndose. -Si vos tenés un imán bárbaro. Se te pegan todos los chobis y nadie te saca una nota. Ni siquiera en la radio local.- Los ojos se le transforman en una sola línea mientras la boca se abre grandota en una carcajada.
Cuando comencé yo con los piojos lo comenté en la escuela. Me dejan sola en la mesa; las demás, lejos.
-Vos, porque hablás demasiado. Vos misma te cavás una fosa.
-Es que me desespera, July. ¿Cómo nos curamos?
-Matalos con la indiferencia. Mirame a mí. Me doy cuenta que cuando saco el tema a conversación, todos demuestran sabiduría por experiencia propia. Menos yo, que sólo me rasco y avergüenzo. No fui a una clase presencial del curso a distancia de más de seis meses por no querer llenar de piojos la casa del docente. Seguro perdí la aprobación del curso.
No quería ir a Buenos Aires con piojos. Pero ya me había inmovilizado. De pensar en la esposa de papá, tan pulcra, me aterrorizaba llenarle la casa de bichos.
-Creo que si vamos lo tenemos que hablar, July.
-No soporto no ver a mi familia. Si vos querés quedarte con tus piojos, yo no. Las fiestas quiero pasarlas en casa de mi hermana, joder, chupar y morfar. Para malaria ya tenemos de sobra todo el año.
El último tiempo ya ni pasaba el peinecito, sabía que siempre encontraría piojos. Uno, dos, más.
Viajamos a ver la familia. La que entendió fue Ana, la abuela de las mellizas.
-¿Por qué se rasca esta nena?- me dijo.-¿Tendrá algún piojito?
-Sí- y le conté mi angustia.
-Antes se usaba querosén. Era lo más eficaz.
Cuando regresamos, revisación general. Raitrai, liendres nomás, tal vez, secas. Guada impresionante; diecisiete contó ella. Yo otro tanto; ni pensé en contarlos. Julio nada.
-Vos parecés Diógenes y el linyera, con los chobis que le vuelan alrededor.- Me carga.- Los peinás seguidito, eso sí. Deben estar bien acariciaditos los piolas. Son unos mimosos.
-Los que lean este libro van a decir: “pero a esta mina le pasan todas… ¿qué hacía? ¿Tenía una máquina de juntar mierda? Ya estoy cansado que me traten con cara de asco- comenta Julio cuando regresa del laburo.-Ahora los miro yo con cara de “qué te pasa a vos”. El problema no es que te tratan mal sino que no te tratan directamente. Si al menos te dijeran directamente “Sos un hijo de puta”; pero te lo hacen sentir y es mucho peor. Con decirte que me vengo a dedo y para un auto. Cuando veo que se me viene el auto encima pienso “pero a éste ¿qué le pasa?”. Subo, cierro la puerta y miro para afuera por la ventanilla. Le digo “buenas tardes”, con cara de asco, como los de acá, sin mirarlo. Y el auto queda parado. De pronto siento que el conductor me mira por el espejito y me pregunta ¿Qué te pasa Julio? ¿Estás enojado?
-Resulta que era el amigo de Juan. ¿Te acordás?, ese tipo tan piola. Es que ya estoy cansado de ser tratado así. Si cuando alguien sonríe y me saluda, me llama la atención.
Estoy bajoneada. Después de mucho laburo, escribo el original, lo compagino con cosas prehistóricas escritas en cualquier momento. Es esa tarea de “tijeras y engrudo”, que decía Collingwood (¿se escribirá así su nombre?, qué se yo, hace tanto que no leo nada). Es lo que nunca debe hacer un historiador. Bueno, al fin y al cabo esto es puro cuento, porque la realidad supera toda ficción. Yo diría que estas son crónicas. O relatos. Leí la otra vez que en la narrativa había dos géneros literarios; el cuento, con sus características: que sea corto, con un buen final, con el toque de la imaginación del autor. El otro, el relato, medio el pariente pobre, que solo cuenta la realidad.
Bueh, esto es puro laburo de tijeras y engrudo. Lo que pasó, pasó; lo que sentí, sentí. Y ahí está, escrito hace mucho, pasado pisado. Ni ganas de releerlo tengo.
Resulta que hace unos tres días escribo y escribo. Y apenas hay doce hojas manuscritas, que una vez pasadas a máquina, ¿cuántas serán?
-Negrita- me llama July. ¿Qué te parece si en lugar de escribir la vida, la vivimos? Cariñoso, con ganas de muchos mimos. Yo obsesionada por sacarme todo y ordenar los cajones del placard interno, le doy unos mimos rápidos.
-Como de costumbre, estamos en ritmos diferentes- me dice tristón. Cuando ella quiere escribir, yo quiero amar. Cuando ella quiere amar, yo quiero trabajar. Y bueno, ese es nuestro destino.
-Aquí va Pepito, el bicicletero, a arreglarle el medio de movilidad a la señora.
Sé que está medio frustrado. Lo conozco tanto, tanto, con sólo escuchar el tono de su voz.
Desde la cocina Julio me grita: -Negra ¿vos apagaste la cocina? -No, ¿por?
-Entonces se acabó el gas de la garrafa.-Faltan unos cinco días para cobrar y con este calor de enero (hace 37° a las diez de la noche) me imagino prendiendo el hogar, buscar leña, calor y hollín.
Esto sin contar que ya se nos acabó el aceite. Menú fijo en estos días: polenta, arroz o lentejas “al oreganato” (con sal y orégano). Es que una vez ví una oferta de orégano suelto, a sólo el doble de un sobre grande. Son esas compras típicas mías, según Julio. Un kilo de orégano (tenemos para un año más) en vez de carne o fruta. Como cuando compré siete tipos diferentes de clavos y no teníamos para comer.
Se acabó el azúcar, al menos quedan yerba y té. Pero las nenas no se lo bancan amargo. Ya me veo pidiéndole un préstamo al vecino, que nunca tiene drama. Además siempre se lo hemos devuelto. Si pudiéramos conseguir miel…
Aparte me raya el calor. Cómo extraño el baño de Buenos Aires. Cuando fuímos, nos bañábamos tres o cuatro veces al día. Es increíble lo gratificante que puede ser un baño hermoso, impecable, con azulejos y piso cerámico. Con ducha y agua caliente. Y una bañadera… Lujo asiático.
Julio y Guada se bañan afuera, en el baño externo, el de los pensionistas de Doña Dora. “Porque tenemos dos baños instalados” le decía con orgullo Julio al agrimensor que nos cobró la mensura de la hectárea y media como si hubiera sido una estancia en la pampa húmeda.
-Con calefacción solar- dice July entusiasmado.- ¡Vamos Guby! Vos sos una princesita y tenés que estar bien limpita y preciosa cuando vayas a la city.
-Es que vos y yo somos porteños -le dice Guadalupe con aire arrobado.
Primero va Julio, después Guadalupe, que vuelve envuelta en el toallón con frío.
-¿Y, Guby? ¿Qué tal el agua? -le pregunto.
Con los labios morados me dice: -Al comienzo, linda; después un poco más fría.
La calefacción solar… El sol que calienta el tanque de zinc. La instalación, una manguera a la que le conectaron la ducha. ¿Habrá sido una regadera?
Al igual que la época de San Martín, Raitri y yo en el fuentón. Ella primero, yo después.
-Pero si bañar a esta nena es tratar de hacerlo con un gato- me dijo una vez Teresa, cuando en la casa hubo un baño general. Guadalupe superfeliz con la ducha de agua caliente. Raitrai que nunca había visto el chorro de agua de la canilla de abajo, se puso a chillar.
-Es que nunca vio esa canilla- trato de explicarle.- Pero es en vano. Sé que queda con la idea de que nunca se baña.
Por supuesto que no es como su bebé, de la misma edad que Raitrutru, nacidos en el mismo otoño. Todas las noches lo bañaban al lado de la cocina, con todas las hornallas prendidas, y el horno también, además del Calorama. Aquí, o se baña en invierno frente al hogar encendido, y en mediodía, o no se baña. Es terriblemente fría la casa.
Me meto en el fuentón de plástico ya todo roto, pero no hay otro. Arreglamos una palangana de zinc inmensísima, como me habían explicado (brea y trapo) y así Guadalupe se sentó y su hermosa bikini, recién hecha, no sirvió para nada más, una porquería negra y pringosa, al igual que la cola y las piernas. Ahora se secó, pero todavía pierde.
Ya se acabó el champú. Probé lavarme con jabón blanco y el pelo es una estopa insoportable. A Julio y a Raitrai les quedó mejor. Mañana me paso querosén, que deja el pelo brillante y limpísimo. Y de paso, por si las moscas, a los chobis, por si queda alguno.
Pero hubo épocas peores.
-¿De qué nos quejamos?- dice el July con su entusiasmo y alegría. –Si tenemos amor, vida y salud.
(continuará)
Columnista invitada
Lucía Isabel Briones Costa
“Mi pecado fue terrible: quise llenar de estrellas el corazón de los hombres” decía el poeta… Desde los lejanos años de estudiante del profesorado en Historia en la Universidad Nacional del Sur, dediqué mi vida a la educación. En los tiempos previos a la dictadura de 1976 enseñaba en una vieja aula de la Facultad de Agronomía el bachillerato de adultos, tarea compartida con los compañeros, casi todos presos políticos después en Bahía Blanca. Cuando era rector Remus Tetu se hizo una razzia contra docentes, no docentes y estudiantes, especialmente contra los alumnos de Humanidades, Sociología y Economía. Estaba terminando mi carrera, cursando las últimas materias cuando fui detenida y puesta a disposición del PEN, el Poder Ejecutivo de la Nación, durante tres años y tres meses, hasta diciembre de 1978. Estuve en las cárceles de Villa Floresta, Olmos, Devoto y los tres últimos meses en la U20, la cárcel dentro del Hospital Borda, donde un prolijo tratamiento con drogas psiquiátricas hizo borrar totalmente mi memoria. Así me dejaron en libertad, diciéndole a mi padre: “Su hija es irrecuperable, será un vegetal hasta el día de su muerte. Que Dios les de la Santa Resignación”. Gracias a haber encontrado la ayuda adecuada pude recuperar, poco a poco, la razón perdida. Y me fui a La Pampa, donde fui docente de escuelas primarias y secundarias en la pequeña localidad de 25 de Mayo y en el Terciario de Formación Docente de Catriel, Río Negro. Recién en 1997, pude terminar mi profesorado en la Universidad del Comahue, para cuando mis compañeras de promoción de la Universidad del Sur ya estaban por jubilarse. Luego comencé la maestría en Historia Latinoamericana de los siglos XIX y XX, la cual se interrumpió cuando la Universidad no podía pagar a los docentes, varios doctores en Historia. En ese tiempo de docente rural comencé a escribir narrativa, tarea que continué al jubilarme en el bello mar de Las Grutas, en Río Negro. Seguí escribiendo con la alegría de dar un legado en su educación a mis hijas: la mayor psicóloga y la menor, maestra y profesora de Historia, ambas egresadas también de la Universidad del Comahue.


